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19 de febrero 2007 - 00:00

Molina Campos, cada vez más valorizado

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Durante mucho tiempo Florencio Molina Campos fue ignorado por los críticos y amado por la gente que admiró su visión única del gaucho y el campo argentinos; hoy sus obras son disputadas por compradores locales y extranjeros.
Un caso curioso de nuestro país es que los dos artistas más populares de la Argentina fueron ignorados por los críticos y consagrados, justamente, por la gente. Es el caso de Quinquela Martín y de Florencio Molina Campos.

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Molina Campos conoció el campo desde pequeño. Pasaba todos los veranos en tierras bajas cercanas a Pinamar, con grandes extenciones de lagunas y de pasto duro y poco nutritivo. Esto se ve reflejado en toda su obra, que fue realizada a base de recuerdos y nunca en contacto con el natural. Dato sorprendente al ver la cantidad de detalles que hay en cada una de sus obras, que nos harían pensar que era un artista realista y que trabajaba con el modelo delante.

Nunca soñó con ser artista. Su pasión era el campo y el trabajo que se hacía ahí. Fracasó en algunos emprendimientos, trabajando en la Sociedad Rural como administrativo. Recién a los 36 años y ante un stand libre en la Expo Rural de 1926, realiza su primera muestra de pasteles, que se vendían entonces en el equivalente a 150 pesos de hoy. Luego lo consagra y le da popularidad la firma Alpargatas, que durante 12 años publicó sus almanaques con imágenes de Molina Campos. Esos almanaques lo convirtieron en el «pintor del pueblo», ya que en cualquier rancho había una de esas litrografias, de las cuales fueron publicadas 18 millones.

El 90 por ciento de su obra está realizada en témpera sobre hojas de papel francés, y son pocos los óleos que realiza a partir de 1944. Gracias a un contrato en Minneapolis para realizar calendarios, vivió largas temporadas en EE.UU., donde se hizo amigo de Walt Disney, aunque trabajó tan sólo como asesor de tres películas que tenían como escenario nuestras pampas. A Disney no le interesaban las tradiciones gauchescas sino sólo entretener, por lo que sus centenares de dibujantes debían adaptarse al estilo creado por el estudio y no tener características propias, como era el caso de Molina Campos.

La única exposición con relativo éxito (vendió el 80 por ciento, pero la obra más cara costó 300 dólares) fue la realizada días antes de su fallecimiento en noviembre de 1959. Nunca lo consideraron un artista plástico y tampoco recibió premios en concursos de arte. Lo consideraban un ilustrador y hasta «caricaturista». Fue hace tres décadas Rafael Squirru, quien con su sabiduría lo puso a la altura de los más grandes artistas argentinos. Y luego vino una serie de cuarenta exposiciones, visitadas por más de dos millones de personas, que le dieron su justo lugar en nuestro panorama, y hoy no son pocos los que lo consideran el más argentino de los artistas del arte de los argentinos.

El rescató la bonhomía del hombre del interior y dio una visión diferente a la creada por Jose Hernández en el Martín Fierro. Inventó hasta la vestimenta de sus gauchos. Juan José Güiraldes contaba que hasta el día de hoy los gauchos quieren vestirse como los creadospor Molina Campos. Hoy es unánimemente reconocido. La Fundación Molina Campos cumple una tarea de importancia en la difusión de sus obras. Heredera de una estupenda colección de más de 150 obras, algunas de las cuales fueron expuestas en el Museo Nacional de Bellas Artes hace unos meses. Y están buscando un lugar en Buenos Aires para realizar una exposición permanente de su patrimonio.

En vida, sus obras se vendían en 50 dólares, y hace treinta años se podían comprar en 300. Actualmente su valor promedio es de 20 mil dólares; son ampliamente disputadas no sólo por compradores locales sino también por extranjeros que admiran cómo supo captar el clima y el ambiente de nuestras pampas.

Hace ocho años se vendió una obra en Sotheby's de Nueva York en 58.000 dólares y varias se han vendido a un precio promedio de 25.000. No hay mucha diferencia en sus técnicas, pero sí por el sujeto y la cantidad de personajes de las obras. La medida normal es de 35x50 cm. que es el tamaño de la hoja de papel Mongolflier que utilizaba.

Fue un creador único. Su obra sube de valor año a año. La demanda supera la oferta, por lo cual hay que estar muy atentos a la cantidad de obras apócrifas que invaden el mercado desde hace dos décadas e incluso llevan certificados que pueden prestarse a confusión.

Nuestro país busca una identidad desde hace dos siglos y, sin duda, la obra de Florencio Molina Campos es fundamental en esa búsqueda.

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