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Imposible colocar un rótulo a lo que hace Juana Molina, porque todo en ella es personal, distinto. Hasta el sobre interno de este disco muy bien presentado en una caja de cartón tiene un formato que sale de la regla. Podría decirse que hace canciones, porque de hecho hay melodías, textos e instrumentos que acompañan; pero las formas, las estructuras, las líneas musicales, no tienen nada que ver con los clásicos estribillos y estrofas. Las letras -alrededor de cuestiones personales o sociales- no responden a los cánones convencionales de «la belleza» y son, en general, casi como reflexiones poéticas, impresionistas, de los sentimientos y las anécdotas.
Tampoco el envoltorio sonoro es el típico respaldo instrumental que sirve para marcar armonías y pies rítmicos; en cambio, lo que suena junto a su voz -y no necesariamente por debajo- es un trabajo que mezcla lo acústico con lo electrónico casi con independencia de lo vocal. El instrumental está formado por guitarras acústicas, teclados, sonidos electrónicos, todo jugado en un terreno personal.
Luego de aquella exitosa incursión televisiva que nunca ha querido repetir, Juana Molina se refugió en la música. Y eligió este camino, prestigioso pero difícil para el mercado. «Son» es el cuarto álbum de su discografía y prácticamente lo hizo sola. Es suya la enorme mayoría de las canciones (hay sólo un par de otros autores); y Alejandro Franov hizo apenas algunos sonidos de teclado. Pero fue ella misma la que cantó y tocó en todas las canciones, y quien realizó la grabación y la mezcla del disco, y por lo tanto su producción. En los Estados Unidos, donde ha logrado ganarse un espacio dentro del mundo alternativo, ya tiene un alto reconocimiento,y en la Argentina también está empezando a tener una buena cantidad de seguidores que aceptaron dejar en el pasado a «Juana y sus hermanas» y disfrutar de esta Juana Molina compositora y cantante. Y bien que se merece esta aceptación.
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