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23 de noviembre 2007 - 00:00

Murió Maurice Béjart, el gran artista que popularizó la danza

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Hasta pocos días antes de su muerte, ayer a los 80 años, Maurice Béjart siguió trabajando en su último espectáculo, «La vuelta al mundo en 80 minutos», que su compañía estrenará en diciembre.
Ginebra (Reuters, EFE, AFP) - La danza contemporánea perdió ayer a uno de sus mayores exponentes, el coreógrafo francés Maurice Béjart, fallecido a los 80 años en la ciudad suiza de Lausana, donde residía y dirigía su Béjart Ballet Lausanne desde hace décadas. Con esta compañía, el gran artista estuvo por última vez en la Argentina en 2000, al frente de su espectáculo «Che, Quijote y Bandoneón», con música de Aníbal Troilo y Osvaldo Pugliese, entre otros, y la actriz Cipe Lincovsky en el elenco.

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Béjart murió tras permanecer varias semanas en el Centro Hospitalario Universitario de Vaud, en Lausana, aquejado de dolencias cardíacas y renales. Próximo a cumplir 81 años el próximo 1 de enero, la enfermedad no le impidió seguir trabajando, y desde su cama del centro médico estaba coordinando una nueva creación, que se estrenará en diciembre, bajo el título de «La vuelta al mundo en 80 minutos».

Por eso, a pesar de la tristeza, los miembros de la compañía no van a tener oportunidad de descansar, pues antes del estreno mundial del nuevo espectáculo, que se desarrollará del 20 al 30 de diciembre en el Teatro de Beaulieu, en Lausana, tienen programado bailar en Alemania la semana próxima e iniciar una gira mundial a partir de febrero de 2008.

Nacido en Marsella ( Francia), Maurice Berger (su verdadero nombre) era hijo del filósofo Gaston Berger. En homenaje a Molière, adoptó el apellido de la esposa de éste, Armande Béjart.

Tras obtener una licenciatura en filosofía, abandonó los estudios para consagrarse a la danza, que había descubierto a los 14 años de edad por consejo médico «para fortificar su cuerpo flacucho». Recibió una formación clásica en Londres y París, y firmó su primera coreografía en 1952, para una película sueca «El pájaro de fuego», de la que fue el primer intérprete.

Denunciando rápidamente un arte «separado de las masas», Maurice Béjart innovó con «Sinfonía para un hombre solo» (1955), con la música vanguardista de Pierre Henry y Pierre Schaeffer. Ante la resistencia de los círculos tradicionales del mundo del ballet francés, decidió trasladarse a Bruselas, donde su « Consagración de la primavera» fue acogida triunfalmente en el Teatro Real de La Moneda.

Un año después, fundó el Ballet del siglo XX: sus coreografías, montadas a un ritmo acelerado en la capital belga para dar luego la vuelta al mundo, tienen un éxito rotundo.

A raíz de una desavenencia con el director de La Moneda, Gerard Mortier, Maurice Béjart prosiguió su carrera en Suiza, donde creó en 1987 el Béjart Ballet Lausanne.

En total, creó más de 150 coreografías, que expresan su gusto por los viajes y el mestizaje. Sus creaciones mezclan los géneros (cine, teatro, ópera) los estilos y las culturas. Deseoso de transmitir su arte, creó escuelas en Bruselas, Dakar y Lausana, en las que se formaron algunos de los mejores bailarines contemporáneos. Paralelamente, publicó novelas, obras de teatro y libros de recuerdos. Entre las óperas que dirigió se cuentan «La Traviata», de Verdi, y «Don Giovanni», de Mozart.

Béjart dirigió también los pasos de leyendas, incluyendo a Rudolf Nureyev, Jorge Donn, Patrick Dupond, Suzanne Farrell y Sylvie Guillem, en osadas producciones en escenarios mundiales, desde la Opera de París hasta el Bolshoi.

Fue un creador que logró seducir aún al público no afecto a la danza con decenas de coreografías mestizas de vocación universal, durante una carrera cuya ambición era hacer de la danza «el arte del siglo XX».

«Yo saqué la danza de los teatros de ópera para implantarla en el Palacio de Deportes, en los Juegos Olímpicos y en el Festival de Aviñón», solía decir, orgulloso de haber popularizado ese arte como nadie. Maurice Béjart, que se convirtió al islam en 1973, enarbolaba una actitud mística que impregna toda su obra. Se sentía investido de una misión casi mesiánica y revolucionó el espectáculo vivo ya en aquella su primera creación, «Sinfonía para un hombre solo». Una revolución «más sociológica que artística», señala el coreógrafo Jean-Claude Gallotta, puesto que Béjart conserva la técnica clásica, pero cambia el espíritu de la danza, que con él pasa a ser sagrada y sensual.

El tutú de las bailarinas se transforma en minifalda, los jeans irrumpen en el escenario, el poder del cuerpo se afirma. Los intérpretes, verdaderos seres de carne y hueso, adquieren vida y dan libre curso a su sensibilidad.Provocaba con coreografías con marcado acento sexual o claramente influenciadas por la moda. También resultó chocante para determinado público -especialmente el aburguesado de París- su gusto por la música conceptual de Pierre Boulez o Iannis Xenakis.

Pese a los silbidos de protestay los abucheos, Béjart no cedió en su concepción de la vanguardia y prefirió trabajar en el extranjero o fuera de la capital francesa. Entre 1955 y 1960 realizó unas 33 producciones, entre ellas «Haut Voltage» en Lyon, o «Orpheus», en Lieja.

Quizás de manera premonitoria, el último espectáculo de Maurice Béjart terminaba con la canción «El show debe continuar», al igual que harán los miembros de su ballet con el inmenso repertorio que les dejó en herencia su maestro.

En cuanto a su sucesión al frente de la «troupe», está asegurada por Gil Roman, el director adjunto desde hace varios años y que recogerá la antorcha del maestro.

Los restos del artista serán cremados, por expreso pedido suyo, del mismo modo que pidió que su ceremonia de despedida se realice en Lausana. Así se hará el lunes próximo en la sala Metropole de esa ciudad. Además, según reveló ayer su amigo, el escritor e historiador Michel Robert, Maurice Béjart había pedido en una carta, que él mismo le autorizó a divulgar el pasado septiembre, ser naturalizado belga y recordaba su deseo de que sus cenizas descansaran en las arenas de la ciudad costera de Ostende. En la carta, el artista dejaba claro que se sentía más cercano a Bélgica que a Francia, su país natal.

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