Cuero, un festival que gana su plaza de verano con la fuerza de la diversidad

Espectáculos

Durante el fin de semana más de 40 proyectos se dieron cita en Sierra de los Padres para vivir el arte desde diferentes puntos de encuentro. Música, circo, muralismo y compromiso político.

Re-mó-lino, re-mó-lino. Así. Como quien separa las sílabas en fragmentos de impulso. Y se deja llevar, claro, por la acentuación de los sentidos. La vida, en este caso, eso que da vueltas en el interior de una pileta circular, suele volverse más esdrújula de lo habitual. En raptos de felicidad. Y es que la gente gira. Atraída. Con la tracción a sangre que acompaña el movimiento. Básicamente, nada. O simplemente flota en una dirección. Lo centrípeto y lo centrífugo del asunto. “Para el otro lado”, dice una chica. Grita, en realidad. Y la acción se vuelve un viaje en el tiempo.

Es sábado. El sol no pega, impacta. Y la primera cita se hace pileta. El Festival Cuero abre sus puertas por cuarta vez consecutiva en Sierra de los Padres, a pocos kilómetros del centro de Mar del Plata. La opción difiere de lo habitual y, de a poco, se vuelve plaza obligada para el verano musical. Como previa de Baradero, de Cosquín. En otro aire. Con el poder de la diversidad.

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La pileta ganó la tarde en Cuero

La pileta ganó la tarde en Cuero

La convocatoria supera las expectativas. A las 500 entradas de preventa se agregan otro número igual y el encuentro se torna masa. La estancia acompaña. El verde parece eterno. Al fondo, las carpas. El espíritu de la comunidad pagana. Adelante, el escenario; como principal fuente de seducción. El line up parece a medida de un público que no tiene medida. Donde nada impera. Y la consecuencia parece libertad.

Los músicos y las músicas llegan de a poco. Chita, una de las artistas encargadas de cerrar la primera fecha, recorre el lugar con la horizontalidad de los tiempos que caminan. A la par. Como parte de. Las actividades se suceden. Y cada cual atiende su juego. Están los que trazan un paralelismo con su vida e intentan mantener su columna vertebral erguida en el jenga, los que rompen las reglas (lo que pende) y hacen goles de mediocampo en el metegol y las que le dan vida a un ping pong de cuatro.

Mientras tanto el sol se mueve. Genera nuevas sombras. Los árboles brindan en sus copas. Y abajo, el remanso. Un pibe con gorra de marinero trata de explicarles a sus acompañantes las variables de una economía en la que asegura que “los pobres son pobres porque quieren” (de seguro tiene mejores frases de cabecera); mientras una piba salta de la primera persona del singular a la primera del plural junto a su vecina de reposera. Están los arquitos para meterle un poco de fútbol a la acción de permanecer. Pero no. El mate es ronda sin forma. Atraviesa grupos. Convoca.

Desde el tablado, el presentador oficial apoya su pie y marca el inicio de un evento esperado. Abajo, muy cerca, un artista hace malabares para lograr la atención del público. Lo consigue. Karina Vismara le pone los primeros colores a la jornada musical. Presenta “Selva”, su segundo disco. Abre con “Montaña” y recorre parte del nuevo repertorio. “Que bien que canta esta piba”, dice una chica desde su lona animal print. No falla. Se trata de una de las exponentes más atractivas de su generación. Del folk rural de su Balcarce natal al formato banda de rock hay un paso breve y directo.

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Hubo artistas abajo y arriba del escenario

Hubo artistas abajo y arriba del escenario

El patio cervecero comienza a quedarse con la sed acumulada de los presentes. El sonido responde a la perfección. Lucy Patané lo pone a prueba como nadie. Y su banda, también. “Clavícula” es la apertura necesaria para llenar los huecos cercanos al escenario de un público que, de a poco, pierde la distancia escolar para acomodarse más cerca de todo aquello que la artista transmite desde una guitarra de filo.

Hola, soy Lucy Patané. Esta es la banda de Lucy Patané y acabo de sacar mi primer disco llamado Lucy Patané”. El nombre se hace marca. Y la gente compra pese a que la artista no trajo su material para vender. Se deja atravesar. Pasan “Búhos”, “La osa en la laguna” y “Hoteles de fuego”. Para terminar, “el hit”, en palabras de su creadora: “En toneles”.

La noche se impone. Paula Maffia sube al escenario y pide un marco de contención. Una compañía más cercana. La acompañan la propia Patané y Nahuel Briones. “Es un privilegio formar parte de este hábitat”, aclara. Por momentos como trío, en otros temas como cuarteto y en otra cantidad con un saxo, la artista (que ya es referencia para toda una generación) deja en claro la fuerza de la palabra. Por momento como una loba bajo una noche de estrellas (que cada tanto observa) y por instantes entre la dulzura del blues. Interpreta “Polvo”, Corazón licántropo”, “Otros animales” y “Palo de amansar”, donde el público expone su mayor poder de conexión, entre otras canciones de su repertorio.

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Paula Maffia fue una de las principales artistas.

Paula Maffia fue una de las principales artistas.

“Qué lindo este momento Traveling Wilburys”, dice, mientras Briones y Patané comparten micrófono antes de seguir demostrando su capacidades para convertir a los Sons en una banda de muchas manos, con una versatilidad difícil de encontrar. “¿Quieren escuchar una más?”. Y ante la respuesta afirmativa, sentencia: “Me calienta el consenso. No me va ese histeriqueo de irme y volver”.

En Cuero las cosas no se dicen a medias. La postura política es clara. El stand de Abuelas de Plaza de Mayo, la convocatoria de la filial de Mar del Plata y la interpretación de “Soy”, tema que Tabaré y Yamandú Cardozo (líderes de Agarrate Catalina), compusieron para los nietos que todavía faltan recuperar, de parte de dos miembros de la fundación, es la muestra clara. La devolución de la gente marca que la línea es la misma. También la presencia de la gente de “Mamá cultiva”, la ONG que impulsa el cultivo de cannabis para la salud, así como la soberanía sanitaria y la autodeterminación.

No sólo se trata de música. El varieté, las performance, los muralistas y la presencia de comedia a través de Señorita Bimbo marcan que la variedad es esencial para un festival en movimiento. Los más de 40 proyectos y 100 artistas en escena son un ejemplo claro. El espacio culinario tampoco queda librado al azar. La oferta vegana y vegetariana está más presente de lo habitual. Los precios a tono.

Las luces se encienden. No hay calle Corrientes. Pero está lleno de gente que viene y que va. Tampoco nadie llora. Al menos en la periferia que permite una oscuridad medida. Mateo Sujatovich sube al escenario para confirmar que Conociendo Rusia, su proyecto solista con nombre de banda, es una de las agrupaciones de mayor crecimiento del último tiempo. Saludos, devoluciones, un feliz cumpleaños en vivo para el cantante y las canciones versionadas.

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Chita cautivó a los presentes

Chita cautivó a los presentes

El “Ruso” recorre “Cabildo y Juramento”, su reciente segundo disco, y muestra como la canción, como tal, sigue siendo poderosa. Cada tema tiene estribillo de hit. Y así se vive desde abajo. “Quiero hacer canciones que no hablen de vos, pero no me sale”, canta en “Quiero que me llames”. Con la crisis de los 30 a cuestas y esas noches que, por solitarias, se hacen tan largas que en la televisión toman forma de pastor evangelista, el artista recorre su momento de vida.

Con Calamaro y Páez como link directos, Sujatovich retiene. “Voy a hacer un Gran Rex en mayo, todavía no lo puedo creer”, dice. “La mexicana”, en versión individual se vuelve el momento más meloso de la noche. “Nada más quiero ver cómo salimos en la foto”, le canta al amor en 5G.

Chita también canta “Loco en el desierto”, pero desde abajo, justo antes de hacer el cambio de posta. Saludo, despedida y el abrazo paterno de Leo Sujatovich (tecladista de Spinetta Jade sería poco decir, para el resto están las mieles de la redes) a un costado del escenario.

Lo de Chita es talento y seguridad. Nadie la presenta, pero ahí está. Sabe ganar el escenario a base r&b y el soul. Tiene una banda ajustada. Muestra los temas de “Encanto”, su primer disco. El público toma forma de trance. Y se deja embeber. La noche seduce.

“Estamos contentos por cómo se dio todo. Es primordial darle lugar a nuevas voces y a disidencias. Es un aporte grande que hacemos que tiene un valor grande en nuestra vida. Es algo que va a durar muchos años más allá de que si rinde o no rinde. Lo seguiremos haciendo hasta que nos dé el cuerpo”, sostiene Christian ODR, productor y uno de los organizadores de Cuero.

La música es solo una parte. También está el hecho de compartir. El festival le da forma a eso. El dúo Valdés cierra la noche entre las primeras camperitas de las típicas nochecitas de verano marplatense. Pero no todo concluye. Más atrás, toma forma la Fiesta de los Auriculares con más de 400 presentes pese a que más de la mitad ya optó por la opción 2: dormir.

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La Fiesta de los Auriculares

La Fiesta de los Auriculares

Lo dijo Maffia, Paula: Black Mirror. Y hay algo de eso. Tres estaciones de música diferente para bailar en silencio. Y no en la misma sintonía. El baile grupal del sentido individual. Tres colores diferentes que exponen en qué sonido transcurrís. La vivencia es única. Diferente. El silencio externo. El ruido de los cuerpos. El ritual primitivo del futuro hecho presente. O ausente. Las conexiones son infinitas.

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El fogón obligado

El fogón obligado

Para el final, el fogón y la forma de los cuerpos que se desdibujan tras las llamas. El crepitar. La guitarra que gira. El valor de quien la toma. Y la libertad de compartir.

El Festival Cuero es un aporte necesario para poner en valor la vivencia del hoy como premisa.

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