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5 de octubre 2006 - 00:00

Notable Di Benedetto inspira film monocorde

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Daniel Hendler y Leonora Balcarce protagonizan una versión fílmica de «Los suicidas», realizada con distancia afectiva, puesta aséptica y actuaciones monocordes que distancian al espectador común.
«Los suicidas» ( Argentina, 2005, habl. en español). Guión y dir.: J. Villegas, sobre texto de A. Di Benedetto. Int.: D. Hendler, L. Balcarce, C. Toker, E. Villarino, M. Mahler, L. Agorreca.

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A partir de una noticia policial, un joven periodista procura desarrollar una nota de investigación sobre el suicidio, asunto que le interesa íntimamente. Su padre se mató cuando él tenía apenas cinco años, y ahora él teme que la historia se repita. ¿Cuánto de genético puede haber en la decisión de quitarse la vida? ¿Cuánto de destino ineludible? Lo que el joven obsesionado en sus pensamientos quizá no advierte, es también cuánta vida alrededor suyo puede perderse de disfrutar, de compartir, e incluso de salvar.

Por ahí va esta historia, más o menos libremente basada en un texto del malogrado Antonio Di Benedetto. Sin la tensión del original, y con algunas figuras y situaciones menos, el asunto se centra en dos que registran a otros, pero tienen cierto bloqueo para registrarse y contactarse entre sí como corresponde. Eso que tienen tiempo de sobra. Trabajan en un medio que parece una beca, haciendo, al parecer, una nota por año. La verdad, desde «El infierno tan temido» (Raúl de la Torre, 1980), no se ve en nuestro cine una redacción siquiera un poquito creíble. Pero ese inverosímil no afectaría tanto, si no se sumaran también el tratamiento aséptico, atonal, de actuación y puesta en escena, y una deliberada distancia emotiva, que alejan al espectador común.

Vale decir, si se mata el protagonista, o cualquier otro de esta historia, al público poco le importa, porque antes del final ya se murió de aburrimiento. Una lástima, porque el tema es interesante, y hay al menos dos escenas atractivas: una donde los actores del film, en su rol de periodistas, entrevistan al presidente de la Asociación de Prevención al Suicidio, y otra donde el protagonista juega con la nena que hace de sobrina suya. El presidente y la nena aportan atractivo porque son, gracias al cielo, dos personas ajenas a la pauta de actuación monocorde que rige para todo el elenco.

En pocas palabras. Rigor cinematográfico, si se quiere. Continuidad de viejas experiencias intelectuales francesas como «El fuego fatuo», si se hace memoria. Y, si hablamos de cine y literatura, nuevo acercamiento a un escritor con mayúsculas, que murió poco apreciado en librerías, y sigue poco afortunado en la pantalla. Salvo, esto hay que decirlo, la versión de su cuento «Enroscado», sobre un niño que se va volviendo autista tras la pérdida de su madre, versión que puede verse al comienzo de la humilde y sensible «Chiquilines» (M. Mittelman, 1991).

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