En su afán de enriquecer las técnicas de su oficio y de reafirmar y difundir sus valores («un calígrafo escribe para iluminar»), Dalessius despliega una verdadera cruzada a favor de la escritura en un mundo deshumanizado por la ambición de poder y el descontrolado avance de la ciencia. El mundo que él describe está habitado por verdugos, sepultureros, fabricantes de automátas, calígrafos asesinos y bellas mujeres que prestan sus cuerpos desnudos como soporte de mensajes secretos. Los rasgos casi vampíricos de ciertos personajes, la permanente confusión entre muertos y vivos, determinan la presencia de lo siniestro.
Al igual que otros personajes de De Santis (el traductor Miguel De Blast de «La Traducción», el bibliotecario Esteban Miró de «Filosofía y letras» y el neurólogo Martín Nigro de «El teatro de la memoria») el calígrafo de Voltaire ve ligado su oficio a una amenaza de muerte y al amor de una mujer inalcanzable. La certeza de que somos humanizados por el lenguaje combate con la inquietante sospecha de que nadie que decida bucear en las palabras puede salir ileso. De esta manera, De Santis nos ofrece una nueva y delicada metáfora sobre su oficio escritor.
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