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2 de noviembre 2005 - 00:00

Novela no apta para espíritus sensibles

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"Perro callejero"
el feminismo («logró una distribución igualitaria de los prejuicios») y la decadencia de la monarquía británica. Martin Amis, considerado el « enfant terrible» de la narrativa británica actual y considerado «el odiado», suspende con esta obra el relato de su autobiografía, que le permitió dos magníficas obras: «Experiencia» y «Koba el Temible» donde denuncia a los intelectuales que justificaron y apoyaron al stalinismo, entre ellos su propio padre, el gran escritor Kingsley Amis. El autor de «Dinero» vuelve a la pura ficción para construir una parábola satírica sobre la sociedad actual.

Muestra una serie de sórdidos universos. El de un «hombre renacentista» (escritor, actor y músico) que tras una golpiza se convierte en sexópata que llega a caer en la paidofília y la tentación del incesto, que tiene un esposa que lo adora y una ex esposa con la que «fue como si los se hubieran envuelto, juntos, en alambres de púas, desnudos, cara a cara, y se hubieran arrojado a la vez por un barranco». Cuenta de un rey enclenque, que mantiene una relación sexual ambigua, al que quieren extorsionan con fotos de su hija, la princesa, desnuda y propiciando la carnalidad.

Deprime con el espantoso mundo de un periodista de un diario sensacionalista que sólo puede superar su impotencia chateando con un mujer, que en realidad es un travesti. Estas son apenas algunas muchas historias que entrevera la novela, otras tratan de asesinos, prostitutas, un magnate muerto y un viaje hacia la catástrofe. «Perro callejero» reúne dos constantes: el humor y la provocación. Su escritura finge ser la de una «mala novela» -críticos y colegas británicos la calificaron así- cuando en realidad es todo lo opuesto. «Perro callejero» es una narración, por momentos abrumadora, que pone de manifiesto que «la vida es una mala novela», e intenta exponer con toda crudeza «la obsenificación de la vida cotidiana» y «la pérdida del pudor». Su estrategia literaria recuerda por momentos a la de las obras del Marqués de Sade, al evidenciar a la pornografía como una cosificación, como una deshumanización. La contundencia de esta obra está amortiguada en su lenguaje soez por la traducción al español de España.

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