17 de marzo 2001 - 00:00

"Nunca pensé en el valor comercial de mis obras"

Antonio Seguí
Antonio Seguí
Antonio Seguí es un modelo de artista internacional. Vive en París desde 1962 pero a los 17 años, cuando ya había definido su vocación por el arte, dejó su Córdoba natal para recorrer el norte de Africa y Europa. Estudió en Madrid y en París y, obsesionado con el muralismo mexicano, realizó una travesía en jeep cruzando casi todo el Sur y el Centro de América. En México estudió en el Taller de Plástica Mexicana y la Academia La Esmeralda. Sus primeras obras fueron abstractas, informalistas y -no es de extrañar-, «indigenistas», pero su lenguaje sería la figuración irónica que encontró en la década del sesenta y nunca más abandonaría. Así, sus «hombrecitos urbanos» se convirtieron en íconos. Desde su viaje iniciático expone en las más importantes capitales latinoamericanas. Y a partir de su primera muestra en París, en 1964, exhibe sus obras en los principales centros de arte del mundo, desde Nueva York hasta Cracovia y la Bienal de Venecia.

Seguí mantiene, sin embargo, estrecha relación con la Argentina. Es un artista apreciado por sus pares y la gente del ambiente, y lo cierto es que merece ese afecto. A fines de la década del ochenta montó el Centro de Arte Contemporáneo en el Chateau Carreras, y la semana pasada donó una extensa colección de sus obras gráficas, 300 para ser precisos, al Museo de Arte Moderno de Buenos Aires donde se exhiben actualmente, con el auspicio de Telefónica.

Coleccionista de arte precolombino y africano desde hace 50 años, Seguí tiene un auténtico museo en su casa de París, un pequeño palacio de principios del siglo XIX que perteneció a Jean Françoise Raspail. En ese espacio luce su colección, y en el sótano instaló piezas de calidad excepcional, algunas de las cuales se remontan al año 2000 AC, con un impactante montaje escenográfico.

Seguí
conversó con este diario sobre sus nuevas adquisiciones -acaba de comprar 60 vasos en Colombia-, y sobre su obra, que está estrechamente ligada a su vida.

Periodista: ¿Esta donación es un modo de estar presente en Buenos Aires?


Antonio Seguí:
No. Yo no siento que me fui de la Argentina, ni de Buenos Aires. Ahora vengo desde París, pero es como si lo hiciera desde Córdoba. Viajo con mucha frecuencia.

P.: ¿Qué ocurrió con ese Museo de Córdoba del que es padrino?


A.S.:
Ya no tengo ganas de hablar de ese Museo.

P.: ¿Por qué?

A.S: Tal vez yo no supe respetar los tiempos de Córdoba.

P.: Pero donó obras importantes, incluso de artistas internacionales. Inauguró ese proyecto con el apoyo de los empresarios de Córdoba y con gran entusiasmo.


A.S:
Y podría haber aportado mucho más. Propuse hacer una sala dedicada al arte precolombino que no existe en Córdoba, con mi colección y la de otros amigos, que también me habrían ayudado con donaciones. Mi idea era instalar allí mi colección de arte africano. En París ya tienen obras suficientes, como para que no se ofendan si decido llevarme esas piezas a mi casa. Pero no existió la posibilidad de realizar ese proyecto.

P.: ¿No les interesó?

A.S: Prefiero no hablar de este tema.

P.: Se sabe que últimamente exhibió su colección en un museo de Francia.


A.S.:
Sí, en el Museo de Montbéliard, un castillo espléndido de la Provenza donde el año pasado se expuso durante tres meses y concurrieron 60.000 visitantes, el doble de los que asistieron a una muestra de expresionismo alemán. Para mí fue muy divertido, me sorprendí de haber juntado tantas cosas. Había vitrinas y vitrinas, repletas de obras.

P.: ¿Y cuál es el sentido de esta última donación al MAMBA?


A.S.:
Digamos que tengo un sentimiento de solidaridad y una gran amistad con la directora del Museo, Laura Buccellato. Además, tengo mucho que agradecerle a la Argentina. Digo cuantas veces puedo que un artista como Fernando Farina me enseñó a ver el arte y que Vicente Forte, cuando yo no tenía un peso, me cedió su taller con todos sus alumnos. Además, mi obra es la reconstrucción histórica de mi infancia en la Argentina.

P.: ¿Quiere decir que ese personaje urbano que se reitera en sus cuadros pertenece a su infancia?


A.S.:
Sí. Ese «hombrecito» viene del recuerdo, de ese modo se vestían mi papá y mis tíos. Todo el mundo usaba sombrero, no era un producto exclusivo de los porteños. Y los autos que pinto son de los años '37 y '38, no últimos modelos.

P.: Esos «hombrecitos» se hicieron famosos y crearon una firme demanda en el mercado.


A.S.:
Siempre me las arreglé muy bien con lo que hago. Cuando no eran los hombrecitos, eran los perritos... Es difícil hablar de esto, porque no creo demasiado en los estilos.

P.: Bueno, sus obras se venden muy bien y además su colección debe costar una fortuna.


A.S.:
Nunca pensé en el valor comercial de mi colección. Podría juntar un bloque de piezas que no me interesan demasiado y enviarlas a un remate de Christie's o Sotheby's. Pero prefiero regalárselas a mis hijos, que las pongan donde quieran. Es una cuestión ética.

P.: ¿Una cuestión ética porque se trata de piezas que deberían permanecer en sus sitios de origen?


A.S.:
No, todas están perfectamente certificadas y autorizadas.

P.: ¿Diría que para usted tienen un carácter sagrado que mancillaría el mercado?


A.S.:
Sí, ése es el sentimiento que tengo.

Dejá tu comentario

Te puede interesar