«Arrabalera, mujeres que trabajan» de y por Mónica Cabrera. Arreglos musicales: C. Martini. Dir. de arte: L. Sánchez y M. Cabrera. Diseño de ilum.: M. Solowej. (Centro Cultural Recoleta.)
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"Son sobrevivientes en un país marginal, en una edad en la que, según las demandas del mercado, deberían estar muertas. No las solicitan en ningún aviso ni las admira ningún grupo; son mujeres argentinas de más de cuarenta." Con esta irónica observación -casi un epitafio-la actriz y directora Mónica Cabrera presenta a siete personajes cuyos rasgos de carácter están tan cerca de la caricatura humorística como del más lúcido relevamiento sociológico. «Arrabalera, mujeres que trabajan» da cierre a la trilogía iniciada con «Las lágrimas negras de Santita Monjardín» -un desopilante melodrama musical que en cierta forma homenajeaba a las viejas divas del espectáculo nacional-y «El Club de las Bataclanas», donde convivían cantantes, «trabajadoras del sexo» y artistas de varieté.
Esta vez, la galería de personajes interpretados por Mónica Cabrera incluye una dietóloga, una sex symbol, una agenciera de quiniela, dos empleadas de limpieza, una literata y una «experta» en cobranzas. Todas ellas podrían ser buen ejemplo del deterioro y la creciente marginalización que viene sufriendo la clase trabajadora. Pero el acento no está puesto ahí, sino en las carencias y obsesiones de un grupo de mujeres apasionadas a las que la vida parece haber tratado con sumo descuido. Esto se percibe en sus conductas desbordadas, en sus reacciones contradictorias e imprevisibles y en esa mirada enloquecida y hambrienta -en ocasiones distorsionada por fantasías compensatoriascon la que reclaman al mundo el no haberlas incluido en sus planes. Mónica Cabrera despliega un insólito muestrario de tipos femeninos, que cambian mágicamente ante los ojos del espectador gracias al inmenso talento interpretativo de la actriz. Algunos de ellos resultan muy familiares como en el caso de la literata amnésica. Otros parecen encarnar grandes males nacionales, como la agenciera Chola, una mujer amarga, pesimista y nada solidaria que desconfía de su buena suerte. Ella es, sin duda, uno de los personajes más logrados de la obra. Lo mismo que Chabela, una mucama correntina -simpática y algo psicótica-sobre la que recaen serias sospechas de asesinato.
También resulta extraordinario el trabajo de composición que dio vida a Ceci Sex, una diva bastante descerebrada que distorsiona su voz y gesticula como una desvencijada muñeca mecánica. Si no fuera tan graciosa, su discurso resultaría en verdad escalofriante.
El espectáculo incluye una especie de documental sonoro con datos geográficos, pedazos de discursos políticos, propagandas de época y diversos testimonios referidos a la historia nacional. Toda esta información funciona como contrapunto de la acción dramática y sirve de fuelle entre cada cuadro. La fuerte presencia escénica y el magnetismo de Cabrera vuelven innecesaria -y en algunos casos hasta obstaculizante-la serie de cajas diseminadas a manera de escenografía.
Los monólogos de «Arrabalera, mujeres que trabajan» arrancan carcajadas al público y a la vez lo deja pensando. Pero no conforme con ello, la actriz incorporó siete conocidos tangos que ella misma interpreta con conmovedora entrega.
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