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9 de abril 2008 - 00:00

"Palabra por palabra"

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Katja Alemann empieza como una amable kelper y termina como un fantasma disfrazado de Caperucita Roja en «Palabra por palabra», film que destroza sin piedad una idea prometedora.
«Palabra por palabra» ( Argentina, 2008, habl. en español. e inglés). Dir.: E. Cabeza. Guión: E. Cabeza, J.J. Arhancet. Int.: E. Olivera, K. Alemann, E. Nievas, P. Contreras.

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La idea era bastante prometedora. En plena guerra de Malvinas, buscando ayuda para su amigo herido, un soldado invade la casa de una kelper que, casualmente, está leyendo la vida de la enfermera Florence Nightingale.

Por un lado, la desesperación e inexperiencia del joven, la turbación y escasez de medios de la mujer, aislada en el campo, el odio inmediato entre el soldado y un niño de la casa, las dificultades idiomáticas. Pero, por otro lado, la piedad, la imperiosa necesidad de comprensión mutua y convivencia, el necesario respeto y entendimiento entre ambas partes, frente a la inmensa y terrible experiencia que todos están allí viviendo. Una vida joven agoniza dentro de la casa, en los alrededores sigue la batalla, y tanta muerte es apenas un momento de la historia universal del sufrimiento humano por culpa de las guerras. Idea prometedora, ya se dijo, que le valió al proyecto una serie de buenos respaldos, desde la organización religiosa Signis, que le dio un primer premio en efectivo, hasta la Unión Obrera Metalúrgica, que encabeza los créditos, en clara evidencia de la simpatía general que el mensaje despertaba. Desgraciadamente, por diversas razones, la película dista como de aquí a Malvinas de ser buena. Ampulosa, confusa, excesiva e innecesariamente gritada, mal armada, estirada, de técnica irregular, deficiente tratamiento de personajes, expresiones coloquiales ajenas a la época, y antojadizas resoluciones,es, francamente, un catálogo de torpezas.

Cierto que algunas cosas pueden aceptarse, en mérito a la intención y los problemas de producción, e impericia, y es seguro que el espectador está dispuesto a aceptarlas, pero hay errores que fastidian el sentido común.

El soldadito encajándole comida al otro que está herido en el vientre. O quedándose con la garibaldina puesta todo el tiempo dentro de la casa, donde se ve la estufa prendida y la mujer con una blusita. O echándose el fusil a la espalda con el caño hacia arriba justo cuando está bajo la lluvia (ni un recluta lo haría, y éste es un «clase vieja»). Una camioneta sacada del galpón y empantanada a varias cuadras de la casa, que al rato aparece de nuevo limpita en el galpón.

La lista sigue. Y encima después hay un cambio, la kelper ya no es más una mujer que trata de curar al enemigo, sino una figura fantasmal que recorre los campos cerrando los ojos de los muertos, envuelta en un abrigo que parece Caperucita Roja cuando sea grande.

Una lástima, que justo en su primer largo protagónico Erasmo Olivera haya carecido del asesoramiento de un buen director de actores. En fin, todo es una lástima. Y lo único creíble es la mugre jamaiquina que tiene el pelo de los soldados tras tantos días de campaña.

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