29 de noviembre 2006 - 00:00
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Pearl: «La
suerte influye
mucho.
¿Cómo, si
no, hay obras
que son best
seller y son
difíciles de
distinguir, en
su forma y
en su
contenido, de
otras que
fracasan?»
M.P.: Cuando se estudia la historia de la literatura uno se amarga o divierte con la forma que en su época se calificó a ciertos libros y ciertos autores. Cuando «Moby Dick» se publicó en 1850 los críticos dijeron que era un bodrio, literatura para marineros. Eso le arruinó la carrera a Herman Melville, que después sólo escribió un libro más y murió en la pobreza. De otros libros, que en esa época se celebraban y se consideraban de calidad, ya no nos acordamos ni los títulos. Eso me alienta a concentrarme en mi trabajo y no en cómo otros consideran a mis obras. Por otra parte, no me considero suficientemente inteligente como para saber escribir una novela más comercial o más literaria.
P.: ¿Su estrategia narrativa ha sido soe,´re mezclar investigación histórica, intriga policial, critica literaria, grandes escritores como personajes y todo eso en el siglo XIX?
M.P.: A veces siento que me he tropezado con una tendencia sin la intención de entrar en ella. La razón de que «El Club Dante» se sitúe en el siglo XIX fue porque ese fue el momento en que la «Divina Comedia» se tradujo por primera vez en los Estados Unidos, y eso me llevó a explorar el siglo XIX, que es un período fascinante. Estudiar ese siglo en los Estados Unidos hizo que mi siguiente libro ocurriera en esa misma época y tratara sobre la muerte de Poe. El siglo XIX es clave porque es cuando la literatura toma su forma moderna, su aspecto comercial. En mi trabajo de escritor no he dejado de tener en cuenta los modos en que las realidades comerciales influyen en el arte.
P.: Un ideal muy norteamericano.
M.P.: Tal vez, pero pensemos que muchos de nuestros escritores han muerto como Poe, en la pobreza y sin reconocimiento. Mucha de nuestra literatura refleja las obsesiones que rodean al éxito o el fracaso. Eso se nota claramente en la última etapa de nuestra literatura, que está tan moldeada por el cine. Hemingway, Fitzgerald, Chandler, Faulkner, fueron a Hollywood para convertirse en guionistas. Allí se pone en evidencia como en la historia de la literatura norteamericana el comercio transforma la vida de los escritores.
Bueno, también podríamos remontarnos a la época en que los artistas, los escritores, eran protegidos por los reyes y los mecenas, o eran escribas a sueldo de los emperadores.
P.: ¿Se siente posmoderno mezclando géneros?
M.P.: No creo en la idea de género literario. Creo que esa teoría nació en las bibliotecas y las librerías que necesitan una fórmula para clasificar sus libros, y hacer clasificaciones de clasificaciones. Cuando las librerías se hicieron populares, cuando los lectores buscaron cierto tipo de obras, los editores decidieron satisfacer ese interés. Hay escritores a los que le sirve saber que van a trabajar dentro de un género, yo comienzo con la idea de una historia.
P.: ¿Empieza por los elementos históricos, la intriga policial o el personaje?
M.P.: En mis dos novelas, y en la que estoy trabajando ahora, hay una escena que reúne todos los elementos del libro, a partir allí comienzo. Nunca es la primera escena sino una imagen de algún momento de la historia. En «El Club Dante» el momento donde los miembros recitan un poema de Tennyson sobre Ulises para decidir que van a iniciar un viaje peligroso en busca de un asesino serial, esa escena definió el libro para mi. Cuando presenté el primer borrador al editor en Nueva York, sin saber esto, me dijo que esa era la escena que tenía que eliminar. Yo luche y la mantuve, y es la escena favorita para muchos lectores. En «La sombra de Poe» puse una escena en París donde el protagonista es raptado por un hombre que sostiene que es la persona en la que se basó Poe para crear al detective Dupin. Esa escena definió el libro para mí. El editor de Londres me dijo «eso tiene que eliminarlo».
P.: ¿Se siente uno de los alumnos del Umberto Eco de «El nombre de la Rosa»?
M.P.: Ninguna de mis dos novelas existiría si Eco no hubiera escrito esa novela, así que pueden echarle la culpa a él. Yo me encontré con él en Harvard. Lo de Eco es un caso interesante, estaba profundamente ofendido con la popularidad de «El nombre de la Rosa», que se vendieran más de 10 millones de ejemplares. En todos sus novelas posteriores quiso garantizarse que la mayoría de la gente no iba a poder leerlo. Yo me preguntaría: ¿de la gente que compró «El nombre de la Rosa» cuanta terminó de leerlo? Las editoriales saben hay libros que se compran como un símbolo de status y no para leerlos. Eco quiere seguir siendo el gran intelectual que es, el académico y no alguien que busca entretener
P.: En cambio, eso es lo que usted busca.
M.P.: Algo que me encanta de Poe es que no tiene dudas de que la literatura debe entretener.La literatura es el gran modo del proceso de comunicación y, por lo general, la comunicación exitosa, con una persona o con un libro, es algo muy placentero. Mi objetivo como escritor es poder entretener.
P.: En sus libros anteriores tomó como personajes escritores emblemáticos (Dante, Lonfellow, Poe, etcétera), ¿en el próximo también?
M.P.: Mi tercera novela va a completar una trilogía que explora la historia literaria de los Estados Unidos en el siglo XIX, va a incluir a distintos escritores pero mis editores no me permiten revelar cuáles son. Piensan vender esos tres libros juntos. Literatura y comercio, una vez más.
Entrevista de Máximo Soto


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