José Luis Perales sigue explotando una fórmula que no por muy conocida ha dejado de darle resultados. Mientras su compatriota Joan Manuel Serrat ha ido abandonando progresivamente la herencia de Brassens y Brel de sus comienzos, Perales se mantuvo fiel a ese estilo.
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Nunca tuvo, claro está, el vuelo poético del catalán, y el envoltorio pop los ha abarcado a ambos por igual; pero en las melodías, inclusive en las de sus temas más actuales, en su manera de expresarse a través de las letras, en el comportamiento sobre el escenario -sobriedad, vestuario negro, ausencia casi absoluta de concesiones demagógicas y de frases «enamoradoras»-, exhibe una fidelidad a los orígenes que sigue entusiasmando también a su público.
Por cierto, en la música y en el estilo de Perales hay también mucho de los cantantes románticos que, en los últimos años, han invadido inclusive el mercado norteamericano. La enorme mayoría de sus temas le hablan al amor de pareja, mucho más al desencuentro que al encuentro. Y sólo excepcionalmente -su clásico «América» o la nueva « Me han contado que existe un paraíso», que da nombre a su último disco-aparecen otras cuestiones.
Pero desde un personaje de antidivo y antigalán, en lugar de enloquecer a sus seguidoras -por supuesto, con amplia mayoría de mujeres maduras-de amor por él, las motiva para enamorarse y comprender mejor a sus respectivos hombres, muchos de los cuales también están en la platea repleta del Luna Park y lo aplauden tanto como sus esposas y novias.
El repertorio, tal como era previsible, incluyó algunas canciones del nuevo compacto y, sobre todo, recorrió muchos de sus títulos más conocidos -«Celos de mi guitarra», «Y te vas», el superhit «Y cómo es él», «El amor», «Te quiero»-, que fueron en general los más aplaudidos y entre los que hay un par -«Canción de otoño» o «Amada mía»- que superan su más convencionalmedianía compositiva.
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