26 de enero 2002 - 00:00

Pese a buena actriz, "Fridas" no convence

Ana María Casó
Ana María Casó
«Fridas (Monólogo confesional)» de Cristina Escofet. Int.: Ana María Casó. Dir.: C. Escofet y A.M. Casó. Esc., vest. y luces: Creación colectiva. Realización de muñecas: Adriana Dicaprio. Sala Actor's Studio (Corrientes 3565).

L a idea de mostrar a Frida Kahlo como un paradigma de lo femenino es un interesante punto de partida, sobre todo teniendo en cuenta lo mucho que se ha abusado del pintoresquismo de este personaje tanto aquí como en Hollywood o en su México natal.

Tan glamorosa como Marilyn e igual de controvertida que Evita, Kahlo vivió siempre al borde de la leyenda. Su participación en la vida política y cultural de su país en un momento de profundos cambios, sumada a su tormentosa relación con el pintor y muralista Diego Rivera la fueron convirtiendo en una especie de sacerdotisa azteca. Semejante background aseguró su consolidación en el mercado, manteniendo en alza una obra pictórica de desgarradora fuerza vital, más allá de la pureza de la técnica.

Autorretratos

Sus famosos autorretratos -en los que siempre se la ve vestida con trajes típicos o rodeada de íconos de la cultura azteca-muestran importantes hitos de su vida (operaciones de columna, amputaciones, embarazos fallidos, divorcios y separaciones), pero también permiten apreciar la lucha de un espíritu libre sometido a cruentas limitaciones físicas y a un vínculo amoroso que siempre amenazó con convertirla en esclava.

La escritora
Cristina Escofet abordó las contradicciones de este personaje a través de un texto más poético que dramático e inspirado en varias pinturas de la artista mexicana. En su traslado a la escena, las reflexiones de la autora conviven muy mal con las ocasionales dramatizaciones de su protagonista (Ana María Casó) o con los textos que ésta va leyendo a lo largo del espectáculo casi con displicencia. La impronta literaria de la obra no le permite encontrar la atmósfera ni los resortes dramáticos adecuados para interesar mínimamente al espectador.

Por otra parte, la evidente falta de un criterio de dirección deja desvalida a esta excelente actriz, atrapándola en un caos de objetos (al que se suma un circuito de atriles ideado para la lectura de distintos párrafos) que parecen quitarle energía y concentración.

Este fallido encuentro con la multifacética
Frida Kahlo -complicado aún más por el recurso de escasa verosimilud que asume la actriz al pretender entrar y salir de su personaje- redunda en un montaje fragmentario, confuso y anodino, más propio de un tímido experimento de laboratorio que de un espectáculo intimista.

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