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La mujer volaba de Alemania a los Estados Unidos con una amarga carga: el ataúd con los restos de su esposo, depositado en la bodega del avión, con el fin de darle sepultura en su país. En Berlín, el hombre había resbalado del techo de su casa, en circunstancias confusas, y se había matado. Kyle tomó el vuelo con Julia, su hija ( Informate más
Hasta allí y un poco más, la película sigue a la perfección, y no sin suspenso, las reglas básicas, casi el manual del guionista aplicado. El problema viene después: el clímax y el desenlace son tan forzados que cualquier «suspensión de la incredulidad» por parte del espectador se hace trizas. Eso se agrava, además, por la forma con que el libro trata de cerrar, hasta último momento, cualquier agujero narrativo o lógico. Y ni siquiera logra hacerlo con todos.
Los cultores más clásicos de este tipo de enigma siempre cuidaron, celosamente, uno de los valores más depreciados en la actualidad: la elegancia de la resolución. Hoy, si el desenlace es coherente, tanto mejor, pero si no, las explosiones o los efectos especiales en Dolby Digital están siempre a mano para disimularlo. Que para eso se ha gastado tanto en reequipar las salas.
Ese elegancia pasada de moda, o esa lealtad al lector o espectador (otro valor evaporado) tampoco hubiera admitido antes otra de las alternativas más usuales de hoy: la posibilidad de que la protagonista esté loca (viaja traumada, perdió al marido), de modo que la existencia de la hija puede llegar a ser simplemente una alucinación (Gastón
Cuando Julia desaparece, nadie, absolutamente nadie entre la tripulación y los pasajeros, recuerda haberla visto. Lo mismo, o peor, le ocurrió hace poco a
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