Pocahontas con belleza y narración algo lenta

Espectáculos

«El nuevo mundo» («The New World», 2005, habl. en ingl. y algonquino); Guión y dir.: T. Malick. Int.: Q'Orianka Kilcher, C. Farrell, Ch. Bale, Ch. Plummer, A. Schellenberg, R. Trujillo, D. Thewlis.

En toda esta película, jamás nadie pronuncia el nombre de Pocahontas. Pero, sin dudas, es su historia. Y la de tantas otras chicas como ella, con sus pasos de deslumbramiento, aprendizaje, entrega y mudanza a otra familia, y también los otros pasos, de conflicto con la familia original, traición, y luego decepción, soledad, resignación. No siempre se dice, pero Pocahontas se terminó casando con alguien más confiable que el capitán Smith. Y al final se murió de tristeza.

Esta es asimismo la historia de John Smith, americanamente prestigiado como una de las pocas cabezas lúcidas del Descubrimiento, que en vez de rapiñar y masacrar procuró conocer respetuosamente el paraíso terrenal que se abría ante sus ojos, sembrar, organizar, incluso dialogar, doliéndole su propia actitud de invasor europeo, y su destino ineludible de conquistador, ya que en su naturaleza y su contrato de soldado también estaban la traición y la rapiña.

Pero poco nos interesa este personaje, quizá porque acá lleva un rostro siempre dubitativo, inverosímil para un líder guerrero, o, reconozcámoslo, porque el rostro indígena, la expresividad, y el cuerpo adolescente de la chica que hace de Pocahontas (y el drama que ella vive, claro) nos resultan, por supuesto, mucho más atractivos.

Terrence Malick pensó este relato hace ya mucho, como para completar un tríptico con «Badlands» y «Días de gloria», que hablan precisamente de gente campesina, amor entre seres muy particulares, traiciones que pueden llevar a la muerte, y tiempos idos que nunca volverán. Pero lo hizo recién ahora, y entonces también completa sus reflexiones de «La delgada línea roja».

Su estilo parsimonioso, más contemplativo que narrativo, puede cansar un poco, pero aun es fascinante, con un punto alto en la reconstrucción de una batalla con los indios ( batalla de las de antes, poca gente, cuerpo a cuerpo, todos a pie) donde en medio de la refriega se oye, fuera de campo, un poético y calmo ruego a Dios.

Contribuyen a dar clima el paisaje de South Virginia, los textos, un suave piano, el particular montaje, también poético, muy de fines de los '60, y la fascinante fotografía con lentes y película ultrasensible muy de comienzos de este siglo, que el artista mexicano Emanuel Lubezki emplea de maravillas, como si fuera un paisajista inglés de otro siglo.

Hay reproches, menores: el cuerpo estilizado de los arqueros en fila, los movimientos de los actores, demasiado urbanos, el vestidito de la india, etc., restan credibilidad a la pintura. Sobre la misma época, más creíbles, pero mucho menos lindos, son «Cabeza de Vaca», con Juan Diego, y el episodio «El hambre», de la nacional «De la misteriosa Buenos Aires».

Dejá tu comentario