11 de febrero 1999 - 00:00

"POR LA VIDA DE UN AMIGO "

D ecenas de generaciones escucharon, en su niñez, la historia de aquel hombre que reemplazó a su amigo en la cárcel, para que éste pudiera visitar por última vez a su madre. Pero si el amigo no regresaba a tiempo, el comedido iba a morir en su lugar. Contra todo pronóstico, el hombre regresó, y el rey, conmovido por ese ejemplo de lealtad, perdonó y homenajeó a los dos.
Esta es una historia ejemplar, y vale la pena seguir contándola. Pero la historia contada en «Por la vida de un amigo» se acerca más a la realidad. Tres muchachos norteamericanos se conocen estando de vacaciones en Malasia, donde la pasan bien y con abundante hachís.
Dos años después, se descubre que uno de ellos todavía está allá, preso y a punto de morir en la horca. Y aunque no quiso comprometer a los otros, ahora los reclama, porque está solo y tiene miedo. Los otros pueden volver y testimoniar a su favor, pero arriesgan ser detenidos en su lugar.
¿Qué pasará? ¿Y qué haría uno en un caso similar? El atractivo de la película va por ese lado, se trata de una cuestión moral que toda persona se ha planteado, por lo menos una vez en su vida. En este caso, la decisión se hace más difícil, porque no se trata precisamente de pagar una multa, sino acaso de pagar con años de vida en una cárcel lejana, o peor aún.
Sobre todo, si se trata de una cárcel malaya como aparece en la película, y de la Justicia malaya que ahí se describe, harto quisquillosa ante las observaciones extranjeras.
Al respecto, la historia tiene una inesperada vuelta de tuerca, que echa a perder cualquier posibilidad de perdón o de final feliz, y todo por culpa de la prensa. El drama, que en este último aspecto pareciera inspirado en más de un caso real, tiene, por tanto, su interés, y puede atrapar al espectador. Lástima que esté realizado con tono y estilo de telefilm cualunque, y con unas situaciones y unos diálogos que suenan a imposibles. Eso, y el estilo tieso, estandarizado, de los intérpretes, le restan puntaje.
Filmado en la época de
Sukarno, pero no en Malasia, sino en Hong Kong, Macao, Tailandia y Nueva York, por supuesto.

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