4 de julio 2005 - 00:00
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Los curadores Juan Carlos Pereda (México) y Cecilia Rabossi
(Argentina) junto a las abstractas «Sandías» de Joaquín
Torres García.
«En primer lugar, su trabajocon los niños, luego el conocimiento del arte prehispánico, y posteriormente el descubrimiento de la obra de Picasso (que conoce en 1939, cuando ve la exposición del Museo de Arte Moderno de Nueva York), son los tres hallazgos que ejercen una influencia decisiva en su obra», dice.
Según cuenta el mexicano, la vida de Tamayo, que durante una década fue y volvió de México a Nueva York con mayor y menor suerte, cambia de modo radical en 1934. Olga, una aristócrata estrechamente vinculada al poder, le pide que se case con ella, le abre las puertas de un mundo hasta entonces ajeno al artista, y el rumbo de su carrera pega un giro vertiginoso. Los galeristas de México y Nueva York se disputan sus pinturas, que se venden a precios exorbitantes, y el matrimonio acumula una gran fortuna. «En 1950 Tamayo expone en la Bienal de Venecia con Rivera y Siqueiros, se instala en París y conquista toda Europa», cuenta el curador con orgullo, y añade que «hasta el Louvre compra una de sus pinturas».
Seguidamente agrega un dato fundamental en la historia: «En 1954 regresa a México, aduciendo que su paleta se apagaba en París. Para ese entonces ya habían muerto Rivera y Orozco, sólo quedaba Siqueiros que lo respetaba». Tamayo tuvo disidencia con el muralismo y, más que nada, con sus derivaciones, que llegaron a convertirlo en una fábrica de pintar indiecitos. En este sentido, las palabras de Tamayo al fundar su Museo son reveladoras: «Tenemos que universalizarnos y eso no tiene remedio. Tener una frontera hoy en día ya es una tontería, pero también lo es perder nuestro sello nacional. Conservarlo y abrirnos es lo que podemos hacer, pero eso de intentar hacer una escuela mexicana es absurdo, precisamente porque el arte es tan amplio que no podemos cerrar fronteras o pensar que sólo la pintura política es pintura».
Olga y Tamayo no tuvieron hijos, y antes de comprar las 315 obras de la colección de arte internacional, ya habían reunido 2.000 piezas de arte precolombino que donaron al Museo de Arte Prehispánico de Oaxaca. «En la década del 70, cuando Tamayo comienza a comprar arte moderno y contemporáneo para el Museo, los mexicanos nos mirábamos el ombligo, hacíamos un culto del muralismo» dice Pereda abonando la posición del artista.
Rabossi, la curadora argentina explica que la colección que reúne Tamayo va más allá del gusto personal. Cuenta que cuando Warhol va a México y trata de visitarlo, Tamayo no lo recibe. Pero de todos modos compra su obra. Al igual que las pinturas de Motherwell y Rothko, que incorpora a la colección a pesar de manifestar que el expresionismo abstracto había llevado el arte a una encrucijada sin salida. «El cuerpo de obra cinética y óptica también está seleccionada con criterio museístico», insiste Rabossi.
Lo cierto es que las mejores escuelas para los artistas son los museos, y el conjunto del Museo Tamayo que ha llegado a Proa, representativo de las diversas vertientes artísticas, se puede percibir como la clase magistral de un gran maestro, que con afán didáctico continúa mostrando a las nuevas generaciones una parte ineludible de la historia del arte. Se dice que Tamayo nunca aceptó una donación, acaso para imponerle a la colección un nivel de calidad que sólo un ojo extremadamente virtuoso como el suyo puede percibir.
La obra de Bacon, una pintura brutal que lo representa como pocas y donde cuestiona el límite de la condición humana, supera en intensidad a las que en estos días se exhiben con gran éxito de la crítica en la Bienal de Venecia. Es que cada pieza pareciera haber sido elegida con especial dedicación, como el Miró, por su notable sutileza, el Léger por su dinamismo, un puerto de Torres García por su esplendor, o sus propias «Sandías» porque ingresan en una categoría rayana en la abstracción.
A pesar del indudable encantode las obras, al fundar el Museo, Tamayo recibió feroces críticas de los sectores reaccionarios, quienes consideraron que el arte mexicano no estaba debidamente exhibido (dado que la sabia intención del artista era romper con el monopolio del muralismo). Luego, el hecho de que llevara su nombre, fue considerado un vanidoso gesto narcisista. Recién en los últimos años, su noble propósito, que expresa con claridad al decir «quiero compartir lo que he ganado limpiamente con mi trabajo», ha sido por fin comprendido e inspira un sentimiento de gratitud.


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