Preparan exposición más grande del año

Espectáculos

El miércoles por la tarde, la Fundación Proa de La Boca abrirá la exposición más importante que se exhibirá este año en Argentina: «Arte del siglo XX-Colección Internacional del Museo Rufino Tamayo». Recién llegada de México, la estupenda selección incluye obras fundamentales de artistas como Picasso, Max Ernst, Léger, Dubuffet, Miró, Magritte, Bacon, Matta, Rothko, Goeritz, Warhol, Lichtenstein, Tapies, Joaquín Torres García y Toledo, los argentinos Le Parc y Polesello y, por supuesto, Tamayo, quien compró y legó a su pueblo uno de los patrimonios de arte moderno y contemporáneo más completos de Latinoamérica.

El sábado por la tarde, la nueva embajadora de México, María Cristina de la Garza, el director del Museo Tamayo, Ramiro Martínez Estrada y la directora de Proa, Adriana Rosenberg, asistían al montaje de la muestra, a cargo del artista Sergio Avello, bajo las indicaciones los curadores Juan Carlos Pereda (México) y Cecilia Rabossi (Argentina), quienes interrumpieron su labor para contarle a este diario la historia de la colección.

Desde la retrospectiva, la vida de Tamayo, artista talentoso y generoso «al extremo», casi parece un cuento de hadas. Nacido en Oaxaca, un mágico pueblo donde convergen el lenguaje y las coloridas vestimentas de diversas etnias mexicanas, su padre abandona el hogar dejándolo en una situación paupérrima junto a su madre, quien muere tuberculosa cuando el tiene apenas cinco años.

A esa edad, ya se destacaba por la belleza de su voz en el coro infantil de Oaxaca. Pero ese mundo se acaba cuando unos tíos dedicados al comercio, lo llevan al Distrito Federal y deciden que debe estudiar contabilidad. Tamayo descubre sin embargo su veta sensible, en un negocio de estampas que lo emocionan. Comienza a copiar esas imágenes, con tal fidelidad, que logra que lo inscriban en la Academia San Carlos para estudiar dibujo. A pesar de su rebeldía ante el sistema de enseñanza basado en la copia de modelos de yeso, se apasiona por la pintura al aire libre y se convierte en artista.

En el contexto revolucionario de 1921, vuelven de Europa los pintores
Gerardo Murillo, conocido por su seudónimo Dr. Atl (precursor del muralismo) y Diego Rivera, entre otros, dispuestos a trasladar la revolución al área cultural. Rivera elogia la obra de Tamayo, influida en ese entonces tanto por un postimpresionismo tardío, como por el arte popular autóctono, y el gobierno le ofrece dictar clases de dibujo en las escuelas primarias.

Así crea un método de enseñanza, y forma una colección de trabajos infantiles que se destacan por su plasticidad y soltura. Luego,
José Vasconcelos, uno de los principales intelectuales de la época, no sólo en México sino en toda Latinoamérica, le pide que realice un inventario de las piezas de arte precolombino del Museo de Antropología. Tamayo dibuja y describe cada una de estas obras y según señala Pereda, que trabajó seis años junto al artista, «este es uno de sus viajes iniciáticos».

«En primer lugar, su trabajocon los niños, luego el conocimiento del arte prehispánico, y posteriormente el descubrimiento de la obra de Picasso (que conoce en 1939, cuando ve la exposición del Museo de Arte Moderno de Nueva York), son los tres hallazgos que ejercen una influencia decisiva en su obra»,
dice.

Según cuenta el mexicano, la vida de
Tamayo, que durante una década fue y volvió de México a Nueva York con mayor y menor suerte, cambia de modo radical en 1934. Olga, una aristócrata estrechamente vinculada al poder, le pide que se case con ella, le abre las puertas de un mundo hasta entonces ajeno al artista, y el rumbo de su carrera pega un giro vertiginoso. Los galeristas de México y Nueva York se disputan sus pinturas, que se venden a precios exorbitantes, y el matrimonio acumula una gran fortuna. «En 1950 Tamayo expone en la Bienal de Venecia con Rivera y Siqueiros, se instala en París y conquista toda Europa», cuenta el curador con orgullo, y añade que «hasta el Louvre compra una de sus pinturas».

Seguidamente agrega un dato fundamental en la historia: «En 1954 regresa a México, aduciendo que su paleta se apagaba en París. Para ese entonces ya habían muerto Rivera y Orozco, sólo quedaba Siqueiros que lo respetaba». Tamayo tuvo disidencia con el muralismo y, más que nada, con sus derivaciones, que llegaron a convertirlo en una fábrica de pintar indiecitos. En este sentido, las palabras de Tamayo al fundar su Museo son reveladoras: «Tenemos que universalizarnos y eso no tiene remedio. Tener una frontera hoy en día ya es una tontería, pero también lo es perder nuestro sello nacional. Conservarlo y abrirnos es lo que podemos hacer, pero eso de intentar hacer una escuela mexicana es absurdo, precisamente porque el arte es tan amplio que no podemos cerrar fronteras o pensar que sólo la pintura política es pintura».

Olga
y Tamayo no tuvieron hijos, y antes de comprar las 315 obras de la colección de arte internacional, ya habían reunido 2.000 piezas de arte precolombino que donaron al Museo de Arte Prehispánico de Oaxaca. «En la década del 70, cuando Tamayo comienza a comprar arte moderno y contemporáneo para el Museo, los mexicanos nos mirábamos el ombligo, hacíamos un culto del muralismo» dice Pereda abonando la posición del artista.

Rabossi
, la curadora argentina explica que la colección que reúne Tamayo va más allá del gusto personal. Cuenta que cuando Warhol va a México y trata de visitarlo, Tamayo no lo recibe. Pero de todos modos compra su obra. Al igual que las pinturas de Motherwell y Rothko, que incorpora a la colección a pesar de manifestar que el expresionismo abstracto había llevado el arte a una encrucijada sin salida. «El cuerpo de obra cinética y óptica también está seleccionada con criterio museístico», insiste Rabossi.

Lo cierto es que las mejores escuelas para los artistas son los museos, y el conjunto del Museo Tamayo que ha llegado a Proa, representativo de las diversas vertientes artísticas, se puede percibir como la clase magistral de un gran maestro, que con afán didáctico continúa mostrando a las nuevas generaciones una parte ineludible de la historia del arte. Se dice que
Tamayo nunca aceptó una donación, acaso para imponerle a la colección un nivel de calidad que sólo un ojo extremadamente virtuoso como el suyo puede percibir.

La obra de
Bacon, una pintura brutal que lo representa como pocas y donde cuestiona el límite de la condición humana, supera en intensidad a las que en estos días se exhiben con gran éxito de la crítica en la Bienal de Venecia. Es que cada pieza pareciera haber sido elegida con especial dedicación, como el Miró, por su notable sutileza, el Léger por su dinamismo, un puerto de Torres García por su esplendor, o sus propias «Sandías» porque ingresan en una categoría rayana en la abstracción.

A pesar del indudable encantode las obras, al fundar el Museo,
Tamayo recibió feroces críticas de los sectores reaccionarios, quienes consideraron que el arte mexicano no estaba debidamente exhibido (dado que la sabia intención del artista era romper con el monopolio del muralismo). Luego, el hecho de que llevara su nombre, fue considerado un vanidoso gesto narcisista. Recién en los últimos años, su noble propósito, que expresa con claridad al decir «quiero compartir lo que he ganado limpiamente con mi trabajo», ha sido por fin comprendido e inspira un sentimiento de gratitud.

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