Se muestra aquí la visión que los niños judíos de Jerusalén tienen de los niños palestinos, y viceversa. Los hay laicos, religiosos, emotivos, despectivos, algunos incluso con heridas abiertas por la muerte de un ser querido, a manos del terrorismo paramilitar o de la intervención militar. Están, por ejemplo, el gordito ortodoxo que delega en sus mayo res el «manejo del proceso de paz» (sic), dos gemelos, nietos de uno de los fundadores de Israel, la muchachita que ya sueña con su vida de casada, llena de oraciones matutinas, limpieza del hogar, cánticos, cocina, y más oraciones, junto a un esposo que, por supuesto, solo irá de casa al trabajo y del trabajo a la mezquita...
Gracias a un miembro judío americano del equipo, alegre, comunicativo, los gemelos terminarán visitando a cinco chicos palestinos. Bien acompañados, superan, los pobres, tanto el miedo que les dan los fanáticos religiosos de su país, junto al Muro de los Lamentos, como el miedo que les dan los escritos de los fanáticos de Hamas, en el muro que quedó agujereado de balas durante la primer Intifada. Los niños se saludan, hablan de sus cosas, juegan, comen, se hacen promesas de amistad. En el epílogo, registrado dos años después, cuando esos chicos ya son preadolescentes, veremos el agridulce balance de ese día.
Una suave emoción envuelve algunos momentos, marcados por la nobleza de alma de cierto voluntarismo norteamericano, siempre de buen ánimo y con sentido práctico. Voluntarismo que, objetará alguno, hilando fino, también tiene su costadito de propaganda, pues sugiere que sólo su intervención posibilita el entendimiento entre las partes en conflicto, partes que, además, sólo pueden entenderse cuando se hablan en inglés. Pero poco importan también, esas minucias. Más vale apreciar el buen corazón de quienes impulsaron este encuentro... sólo uno de los cuales, dicho sea de paso, nació en Norteamérica: el judío. Los otros son una sudafricana criada en California, y un mexicano residente.
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