30 de agosto 2009 - 14:33
Publican cartas íntimas de Gabriela Mistral y Doris Dana
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Gabriela Mistral y Doris Dana
Doscientas cincuenta de ellas dan vida a "Niña errante".
Respecto del uso frecuente que hace Mistral del género gramatical masculino, explicó que "al principio pensé que era un error de transcripción, pero lo releí con más calma y lo revisé, literalmente, con lupa, porque trabajaba con una lupa enorme. Incluso les consulté a los chiquillos del proyecto: ayúdenme a ver si es una "o" o una "a". Yo lo endoso a una visión más que sexual, paternal" e insiste en que tiene "un sentido protector" cuando, entre otras cosas, la poetisa firma, "Tuyo Mistral".
Zegers reconoce que evitó calificar de lésbica la relación Mistral-Dana. "Lo quise hacer así, de manera tal de respetar la intimidad", aunque las cartas van más allá de lo filial.
"Por supuesto. El lector me va a decir no me vengan con cuentos, si eso está claro, pero yo dejo abierta la posibilidad a cualquier especulación, y, más que especulación, dejo abierta la puerta hacia la verdad", aseveró.
Añadió que "si tú quieres ir al tema de la sexualidad de la Mistral, qué mejor que hacerlo de manera digna, sin esa carga farandulera, de titular de periódico de pacotilla".
"A la misma Doris Atkinson le dije: no pretendo hacer una apología de la sexualidad ni una apología de los grupos marginales, lésbicos u homosexuales. El que quiera leer las cosas de otra manera que las lea y las interprete como quiera y como están. Se van a dar por sí solas, más allá de lo que yo diga. Si al final de cuentas el prólogo no lo lee nadie", expresó.
Consultado por los permanentes celos de la Mistral, Zegers pidió "ponerse en los zapatos de esta señora". "Había treinta años de diferencia con Doris. Mistral le escribe: recuerda que soy una mujer vieja, y yo sólo te estoy pidiendo que me des los últimos años de vida que me quedan", explica el recopilador.
Para Zegers, la obsesión de Mistral es pasar el último tiempo sola, "sin esta persona que la apoya, con la que se siente cómoda, que la ayuda en todo. Perderla no le conviene, porque ella sabía, y no se equivocó, que le quedaba poco tiempo".
Al final accede y se va a vivir a las afueras de Nueva York. "Hasta eso acomodó en su vida: escoger esa plaza diplomática, el consulado. En una carta le dice: Doris, yo estoy en Estados Unidos por ti", cuenta.



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