Reapareció Solari y llenó La Plata

Espectáculos

Profética, la bandera de los ricoteros de Laferrere tenía razón: «El silencio no es eterno». Pero hubo que esperar cuatro años para que Indio, a secas, sin «El» -y sin los demás Redondos- vuelva a vagar por el escenario con sus movimientos marciales e ingrávidos.

Y finalmente ocurrió: en el Estadio Unico de La Plata, más de 45 mil personas -sólo en la primera noche, la del sábado- animaron, frenéticas, el regreso quizá paladeando ilusionados un regreso todavía más esperado: el reencuentro de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota.

El show ofreció, por eso, una especie de rito de transición. Por momentos, era el Solari que juguetea con máquinas y ritmos impertinentes para el rock barrial; otros, más bulliciosos e incendiarios, eran -sin Skay, la otra porción de la banda- otra vez los Redondos.

En esa dualidad se movió
Solari que logró consumar el ensamble con la reversión de «Fuegos de Octubre», con los riffs de Beilinson inmutables pero sobre una base eléctronica. En lo demás fue, entonces, a veces el primer Indio; y otras el último Redondo.

Es un juego que sólo se le permite a
Indio. De hecho, hasta invitó al público ricotero a convertir el estadio en una «disco» -casi una aberración para la mayoría- cuando encaró con «Charro Chino», paradigma de su aproximación a la música electrónica.

Pero los estallidos fueron propiedad de los viejos tiempos. El tumulto masivo, incontrolable -desde el campo hasta las plateas- del estadio fue cuando arrancó
«Un ángel para tu soledad», primer tema de una larga serie de los Redondos. «¿A ver si se acuerdan de esta?» había invitado.

Luego, sostenido por una banda impecable -las guitarras de
Baltasar Comotto y Gaspar Benegas, Marcelo Torres en bajo, Hernán Aramberri en batería y Pablo Sbaraglia en teclados, además de Ervin Stutz (trompeta) y Alejo Von Der Pahlen (saxos), y Debora Dixon de las Blacanblus, en voz- se paseó por los clásicos ricoteros.

Zigzagueó entre
Ropa sucia, Tarea fina, Un poco de amor francés, El lobo caído, Susanita, Nueva Roma, Héroe del whisky, Shopping disco Zen, El pibe de los Astilleros y Juguetes perdidos. Pero el más esperado, el del final, fue Ji ji ji, un himno que invita al pogo universal.

No importó, casi, el traspié del comienzo: el show estaba programado para empezar como el disco solista de
Indio -El secreto de Los Inocentes (Bingo Fuel)-. con un largo aullido de multitudes y la guitarra distorsionada que abre «Nike es la Cultura». Pero un problema de sonido suprimió la magia del acorde inicial.

Ese
Solari, uno de los más exquisitos letristas del rock local, inconfundible voz ronca, y muchacho misterioso «que canta» -es lo que su hijo Bruno dice de él, según contó en un reportaje- ha vuelto. Ahora, la espera no será tan densa hasta su próximo regreso, quizá Redondo.

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