«El inglés de los güesos», sobre la novela de Benito Lynch. Versión: J. Howard. Dir.: R. Caracciolo. Int.: J. Howard, M. Figueras, T. Lestingi, N. Morelli, R. Rodas, M. Comán. Mús.: H. Corral. Vest.: D. Miranda. Esc.: M. Valiente. Ilum.: M. Cuervo. (Teatro Regio - Complejo teatral de Buenos Aires.)
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Basada en una de las novelas más atractivas del género gauchesco, esta versión de «El inglés de los güesos» evoca con notable vitalidad y sencillez el colorido ambiente rural descrito por el autor. La historia está centrada en la trágica pasión que un científico inglés despierta en Balbina, una joven y temperamental campesina de dieciséis años.
Benito Lynch era un buen conocedor de la vida en las estancias y supo pintar con irresistible encanto a estas criaturas instintivas, capaces de burlarse de las costumbres y torpezas lingüísticas del recién llegado con una inocencia casi infantil.
En las primeras escenas, la acción cobra un ritmo febril, acentuado por el acelerado pasaje del día hacia la noche proyectado lumínicamente sobre el fondo del escenario. La bulliciosa actividad de este puesto de estancia adquiere así un carácter cíclico y de gran armonía con la naturaleza. Un equilibrio que la llegada del inglés romperá inevitablemente.
Al principio, abundan las bromas, y la rutina familiar muestra que todo gira en torno de los deseos y caprichos de Balbina. La muchacha primero está molesta con el inglés, quizá porque éste acapara la atención de sus padres. Pero luego de que un pretendiente suyo (tan pasional como ella) apuñala al científico, ella cambia radicalmente de actitud y se dedica a servirlo con una veneración desmedida y absorbente.
La versión teatral de Julian Howard logra describir en pocos trazos el crescendo dramático de esta ingenua historia de amor, que tiene sus mejores momentos en los encuentros a solas entre Balbina y el inglés, y también en el pintoresco diálogo entre el hijo de la curandera (una magnífica caracterización de Tony Lestingi) y el padre de la chica. Es allí donde se lucen en todo su esplendor los simpáticos giros del lenguaje campero.
La puesta de Román Caracciolo privilegió el uso del espacio y la imagen (con un impecable respaldo de todos los rubros técnicos) y llevó a los actores a una movilidad casi constante que realza el dinamismo de la pieza. En cambio, la apoyatura musical ocupa, en general, un primer plano que corre el riesgo de saturar al espectador.
Todo el elenco aporta ternura y verdad a sus criaturas, empezando por Julian Howard, el atribulado inglés, y María Figueras, cuya labor crece a medida que su personaje empieza a desgarrarse de amor. Noemí Morelli compone a una madre de antología, mientras que Rodolfo Rodas (el padre) y Martín Comán (el hijo menor) sacan muy buen partido de sus secundarios.
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