Solo 423 hectáreas quedan del bosque de Sherwood, hoy convertido en Reserva Natural Nacional. Desde Nottingham, donde hay un monumento a Robin Hood, llegan diariamente los buses de la línea “Sherwood Arrow” con decenas de turistas dispuestos a caminar por los senderos señalizados, contemplar el milenario Roble Mayor, el Major Oak, que justo esta primavera terminó de secarse, tomar clases de lucha y arquería, y luego visitar la cercana iglesia de Edwinstowe donde Robin y Mariam se habrían casado, y el lugar de Kirklees donde el héroe estaría sepultado. Según la leyenda, siendo ya viejo y enfermo, refugiado en un convento al cuidado de las monjas, Robin Hood lanzó una flecha a través de su ventana diciendo “donde caiga la flecha, allí quiero ser enterrado”. Hay una lápida en pleno campo, pero, la verdad, no se sabe bien dónde cayó la flecha, y tampoco si realmente existió semejante personaje.
Los registros históricos constatan la existencia de varias personas con nombres parecidos, nombre que además en ese entonces se aplicaba a cualquier delincuente que usara capucha. Lo cierto, la base de esta historia, es que bajo el reinado de Juan sin Tierra, hombre con fama de esquilmador, mezquino, cruel y traidor, varios nobles fueron despojados de sus tierras y sus títulos y se convirtieron en bandidos que desde los bosques hostigaban a las fuerzas reales. Había además un odio bien marcado de los lugareños hacia los invasores normandos que manejaban el poder y las finanzas. Bueno, la historia de la Inglaterra medieval es bastante entretenida.
Así empezaron a surgir baladas y poemas sobre los llamados “bandidos sociales”, que se acrecentaron bajo el desgobierno de Eduardo II, uno de los reyes menos queridos de Inglaterra, al punto que su propia esposa conspiró para echarlo. De todo ese folklore fueron sobresaliendo a lo largo del tiempo las historias de un tal Robin Hood, nacido Robin de Locksley, proscripto pero jamás vencido, siempre rodeado por sus alegres compinches y amado por Lady Marian. Ya bajo el romanticismo pasó de la cultura popular a los poemas de Hamilton Reynolds y John Keats, e incluso a unas páginas del “Ivanhoe” de sir Walter Scott. Así, aunque quizá nunca existió, Robin Hood quedó convertido en héroe nacional de Inglaterra, como Guillermo Tell lo fue de Suiza.
En el cine
Todo empezó con seis películas mudas. La primera en 1908, “Robin Hood and his Merry Men”. La mejor en 1923, “Robin de los bosques”, de Allan Dwan, con el galán acrobático Douglas Fairbanks, que también hizo “El Zorro”, “El pirata negro” y “El ladrón de Bagdad”. Ya en 1938, sonora y en colores, apareció “Las aventuras de Robin Hood”, con otro galán acrobático, el siempre sonriente Errol Flynn. Lo acompañaba Olivia de Havilland, que inmediatamente después hizo “Lo que el viento se llevó”. En la dirección, Michael Curtiz, que después hizo “Casablanca”. Y en los considerandos de la Academia, tres Oscar, para dirección de arte, música y montaje. Incluso fue nominada para mejor película.
Esta obra es el modelo de casi todas las versiones posteriores, más de treinta, hechas en Hollywood, Inglaterra, Italia, Alemania, Rusia, Australia (un dibujo) y España, siempre con peleas a palazos, espada y arco y flecha, una dama enamorada, gobernantes que exprimen los bolsillos y rebeldes que alegremente ponen las cosas en su lugar.
Se han hecho series, un corto ruso con muñecos, dibujos animados, sobresaliendo el de la factoría Disney, 1973, dirigido por Wolfgang Reitherman, que venía de hacer “La espada en la piedra”, “El libro de la selva” y “Los aristogatos”. Ahí todos los personajes eran animales. Robin era un zorro fino, Marian una zorrita, dicho esto sin doble sentido, y así.
Con sus licencias, ese dibujo se mantenía en el molde. La historia era la de siempre, los personajes también. Pero desde los ‘90 para acá se han hecho unas raras, cada vez más raras. Jóvenes negros en el grupo rebelde, por ejemplo, como integrando un cupo que los registros históricos nunca consideraron. O peleas con máscaras y coreografías tomadas de las cintas japonesas de fantasías medievales. Y, desde una serie alemana de 1997, Marian armada con un látigo y luciendo vestido de falda corta, que versiones posteriores hicieron todavía más corta. Así es, el personaje de Marian ha ido evolucionando de suave doncella desmayada en brazos del héroe a muñeca brava que a veces hasta toma la iniciativa. Y hasta tiene una hija de armas tomar, como vemos en “La princesa de Sherwood”, 2001, con Keira Knightley, variante de género de “El hijo de Robin Hood”, que ya existía desde 1946.
En estos casos, la historia es simple: el rey Ricardo Corazón de León, o el propio Robin Hood, está en problemas, y la nueva generación de bandidos se hace cargo. Más loco, y muy malo, es “Robin Hood contra el dragón”, 2009, donde una chica embrujada se transforma y de esa manera es usada para atacar al héroe, pero a quien tendría que atacar es al encargo de efectos especiales. Todavía peor, “Robin Hood Ghost of Sherwood”, 2012, donde los buenos son asesinados, Marian y el cura recurren a la brujería para resucitarlos pero quedan convertidos en espíritus meramente asesinos, sedientos de sangre. Y el colmo, la farsa revisionista francesa “Robin Hood, la verdadera historia”, donde el bandido no les roba a los ricos sino a los pobres, las mujeres, los viejos y los discapacitados. Para sátira, mejor nos quedamos con la de Mel Brooks, “Robin Hood: Hombres en calzas”, acá estrenada como “Las locas, locas aventuras de Robin Hood”.
Pero hay una variante, muy libre, que es hermosa: “Robin y Marian”, de Richard Lester, 1976, donde los personajes se reencuentran cuando ya son casi viejos, porque él se ha ido largos años a las Cruzadas. Y ella ha tomado los hábitos y ahora es la abadesa de un convento. Hay reproches y buenos recuerdos. Las llamas del amor crepitan de otro modo. No pudieron vivir juntos, pero, por decisión de ella, habrán de morir juntos. Sean Connery como el héroe fatigado y Audrey Hepburn como la enamorada de otros tiempos compusieron el mejor cierre crepuscular de una leyenda. Todo lo demás quizás ha sido una añadidura innecesaria.
Ahora surge un cierre inesperado: “La muerte de Robin Hood”, de Michael Sarnoski, que deja atrás las aventuras, hazañas y alegrías para centrarse en las tristezas y el remordimiento de una vida llena de violencia, engaño y crueldad, muy distinta a lo que siempre se había dicho. No vamos a contar el detalle, solo diremos que se inspira en un cuento anónimo del S. XV, “A Gest of Robyn Hode”, y unas baladas todavía más viejas. Ni el cuento ni las canciones se conservan de manera completa, pero difícilmente tendrían final feliz. Para eso están las demás canciones y películas y lo que queda del bosque de Sherwood.