23 de febrero 2005 - 00:00

Romay: poesía de la interioridad

Alejandro Romay acaba de publicar «Soliloquio», su segundo libro de poemas luego de «Endechas» y que lo confirma como un auténtico poeta.
Alejandro Romay acaba de publicar «Soliloquio», su segundo libro de poemas luego de «Endechas» y que lo confirma como un auténtico poeta.
Alejandro Romay despuntó hace muchos años su pasión por la poesía en letras de tangos como «Destino de flor» (con música de Roberto Rufino) y «A la mujer argentina».

Pocos años atrás, publicó su primer libro de poemas, «Endechas». Y ahora sale a la luz un nuevo trabajo, «Soliloquio». Evidentemente, ya no se trata sólo de despuntar una pasión; esta continuidad demuestra que su obra es ya la de un auténtico poeta.

Si el vate chileno Vicente Huidobro había exigido «Que el verso sea una llave para abrir mil puertas», Romay utiliza sus poemas para realizar continuos viajes al interior de sí mismo, hacia una diversidad de experiencias, emociones y sentimientos. Si en algunos versos se deja arrastrar por la melancolía, por el aliento romántico y por la nocturnidad, en aquel donde plantea su «arte poética» («No olvidemos») reclama: «Cantemos, poeta amigo,/ al manantial de la vida». Y allí pone de manifiesto una clave de su obra, dialogar con las palabras de poetas que le precedieron, que es su forma de dialogar con sí mismo.

Los convocados a esa imaginaria tertulia van de Borges a Pessoa, de Neruda a Leopardi, de Carriego a Horacio Ferrer, cuando no les rinde tácito tributo de forma referencial, o directo como en las sentidas evocaciones de Antonio Machado y Federico García Lorca.

Si, por dar un ejemplo, Nicolás Olivari -el poeta de «La musa de la mala pata»- escribió «No decía todo lo que pensaba, pero sí pensaba todo lo que decía», Romay le remite un ejemplo vital en «Blackie, paloma consentida», donde proclama: «Tu recuerdo es la vivencia de tu alma/ Sabia, volantera, caprichosa,/ La verdad te requería periodista/ En mis días de tormenta pusiste calma/ Y de mis ideas fuiste, semilla florecida/ Por eso, Paloma Efrom, fui tu amigo,/ En cada batalla a mi lado te presentía.»

Desde sus inicios como locutor Romay ha hecho un ejercicio profesional, instrumental, de la palabra. Ahora las explora en su cualidad de fijar sentires, en la melodía interior que provocan, acaso porque como considera en uno de sus poemas «estoy en la edad de rendir examen».

Como empresario teatral Romay sabe que es en el teatro donde la palabra reina, donde se manifiesta eso que los griegos llamaron «poiesis», la creación humana, y que, como enseñó Aristóteles en su « Poética», allí las voces de los poetas trágicos convocan a la catarsis, a un efecto purificador de los sentimientos.

Es acaso por esto que
Romay ha confesado que escribir poesía «me fascina como algo terapeútico». Tal vez por eso en sus poemas sapienciales, en los que William Blake llamaba «cantos de la experiencia», (Luis Eduardo Aute canta que «la poesía es palabra que toma conciencia») ofrece testimonio de lo que le fue dado y busca elaborar sucesos de su vida. Convoca fantasmas, va de lo ilusorio a lo real, de lo sublime a lo profano, de lo sentencioso -de un modo que, por momentos, recuerda a Almafuerte ( Pedro B. Palacios) y a Khalil Gibran- a lo expresamente catártico.

Si bien su libro se llama
« Soliloquio», es decir: un discurso en voz alta y sin interlocutor, en todos su versos sale de la voz en solitario hacia la búsqueda de la comunión con el otro, se trate de su mujer, su hijo, su nieta, su madre, un amigo o, simplemente, el lector.

En
«Ansias», por ejemplo, escribe: «Si ansías algo/ Que te vuelve loco,/ Que no te da paz./Si ansías algo,/ Sin lo cual tu vida es vacía,/ Algo que no te deja dormir/ Ni vivir tus noches ni tus días./ Lucha por ello/ Que no te detengan/ Ni la enfermedad ni el dolor./ Que no te demoren/ Ni el hambre ni la sed./ Que no te desvíen/ La riqueza ni la pobreza. / Que no te quiebren/ La angustia ni la pena./ Golpea! Pide! Reclama!/ Tu premio/ Durará un minuto/ Pero valdrá la pena./.

Desde el verso libre Romay da su personal visión de las tópicas marcadas por la tradición: lo fugaz de la existencia humana, la soledad del poder, la situación de la patria, el gozo del instante, la recuperación de lo perdido. Sus versos están marcados por la intención coloquial y, en su abanico, pasan de la exhortación («A la hora de tu triunfo») a la «antipoesía» («Efecto cascada»), del prosaísmo a la musicalidad, de la reflexión melancólica al humor («Llueve en el campo»), de lo muchas veces sentimental a la sorpresa de hallar dos poemas eróticos («Sufro, lloro, río» y «Spleen»). En «Spleen» , por caso, fusiona todas sus fórmulas: «No me preguntes cómo estoy/ No sé, deprimido tal vez, / Con alguna pena, quizá.../ Un touch de tristeza/ Un toque de amargura, diría./ Puedo hacerte el amor, igual./ Cuando quieras/ Indagaré tu geografía/ Y en cada camino/ Que te hace un poco loca,/ dejaré la armonía/ Del paso de mi boca,/ Y de esta melancolía.//.

Y en
«Candombe» mezcla -constituyéndose en epígono del poeta cubano Nicolás Guillén- ritmo y humor: «Tumba que tumba/ La tumba/ Redobles a puro tambor/ Fiesta de negros,A todo color./ Saltan que saltan/ La Ramona y el negro Simón/ Pronto, por la mañana/ La negra Ramona/ Será el patrón/Y vos, negro Simón/ Terminarás llorando/ En un rincón/ Que bueno sería saber/ Lo que hubiera pasado/ si vos y la china/ Se hubieran casado/».

En uno de sus poemas Alejandro Romay revela que tiene escritos «doscientos poemas para tres libros». Su fervor hace sospechar que serán muchos más.

Máximo Soto

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