L a muestra retrospectiva de James Rosenquist en el Guggenheim (con la que terminamos nuestro recorrido por una Nueva York renacida, no sólo para el arte) ofrece una apasionante oportunidad para comprender globalmente el universo de un pintor que ha examinado como nadie los meandros del «sueño americano». Nacido en 1933 en Dakota del Norte, en su adolescencia estudió arte en Minneapolis. En los veranos trabajaba como pintor de carteles, tarea que también realizó por toda Nueva York, adonde se mudó en 1955. Allí tuvo la oportunidad de seguir sus estudios y tener como maestro a George Grosz. En los '60 deja de pintar carteles y se instala en un estudio al sur de Manhattan. Tiene como vecinos a Robert Indiana y Ellsworth Kelly, quienes junto a Andy Warhol, Claes Oldenburg, Roy Lichtenstein y Jim Dine, constituirían la «crema» del Pop Art.
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La muestra comienza en el piso superior del museo con la cabeza y manos de una mujer (apropiación de un aviso comercial de crema para manos) junto a un tomate brilloso. «Zone», título del cuadro, se encuentra entre los primeros que muestran los discordantes cambios de escala y contenido por los que el artista es reconocido. Una obra icónica es «President Elect» (1960-61/1964), un imponente retrato de John F. Kennedy tomado de un póster de su campaña presidencial de 1960 al que se contraponen imágenes de la bienestar económico y el consumismo de la clase media.
A lo largo de las rampas del Guggenheim se reconoce la capacidad de este artista para crear historias visuales en provocativas imágenes fragmentadas y yuxtapuestas y el impacto de su obra en términos tanto de escala como de contenido es asombroso. Una uña roja gigantesca, el ganchito para sujetar papeles, el Ford de los '50, los spaghetti, un conglomerado retorcido de color naranja, lonjas de tocino, los cables de fibra óptica, los lápices de labios como misiles como tema de sus cuadros -según el artista, «difíciles de comprender porque son fáciles de leer»-, hasta llegar a «F111», expuesto en una sala especial. Se trata de un mural apocalíptico, una declaración contraria a la guerra de Vietnam que se llegó a comparar, por su poder y significado, al «Guernica» de Picasso.
En los '70, su obra hace referencia al efecto negativo que causa en los centros suburbanos la instalación de parques industriales y se pregunta: «¿Es esto lo que hace grande a América?». En los '80 y '90, Rosenquist, que actualmente vive en Florida, se inspiró en la flora tropical que rodea su estudio, y sus flores lujuriosas se entremezclan con rostros de mujeres.
En «Welcome to the Water Planet» (1987), el artista describe estas obras como pinturas ecológicas y políticas. Una obra monumental, «The Swimmer in the Economist» (1997-98), en la que con agudeza registra la interdependencia de la economía global, cierra esta retrospectiva que se desarrolla de manera didáctica y cronológica en la que Rosenquist deja testimonio de la cultura del consumo, de su oposición a la guerra, su preocupación sobre el destino social, político, económico y ambiental del planeta.
•Chelsea
Las galerías establecidas en Chelsea, vastísimos espacios de singular arquitectura alojan en su mayoría lo que actualmente es regla: fotos domésticas, hombres o mujeres sentados en el inodoro, videos escatológicos, una vaca defecando y el excremento volviendo al orificio anal; arte «povera» en ideas, mucho de lo «déja vu» en bienales y ferias y también pintura intrascendente sobrevaluada en cifras astronómicas que nos hacen pensar que no estaría mal que sus directores se dieran una vuelta por estas creativas latitudes.
No obstante, en nuestro recorrido encontramos en la galería Metro Pictures el trabajo reciente del artista inglés Isaac Julien (1960). Un corto fascinante de 16 mm que se proyecta en tres pantallas y se desarrolla en tres instituciones artísticas de Baltimore (título de la película). Una alegoría surrealista acerca de la raza, la clase social y la historia cuyo papel principal está a cargo de Melvin Van Peebles, veterano actor y director negro y una mujer, en una suerte de juego, por momentos policial, que los lleva por las diferentes galerías de los museos.
Otro artista inglés muy valorado y cotizado, Howard Hodgkin (1932), ocupa las salas de Gagosian Representó a Inglaterra en la Bienal de Venecia en 1984 y en 1985 ganó el Premio Turner. Grandes pinceladas gestuales, horizontales y verticales que también cubren los marcos en colores que van de verdes a turquesas y rosados intensos, nocturnos neblinosos y también encendidos en lo que puede considerarse paisaje abstracto. A pesar de su fama no lo pondríamos actualmente en nuestra lista de imperdibles.
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