«Sangre» (Argentina, 2003, habl. en español). Dir.: P. César. Guión: P. y M. César, J. Falcón, A. Oroz. Int.: I. Fournery, E. Alonso, G. Fening, J. C. Calabró.
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A cinco años de haber terminado su pasoliniana trilogía «de los jardines», que lo llevó por Marruecos, Malí, e Indostán, Pablo César presenta una nueva obra, de tono sereno y de sentido conciliador.
Esta vez la poesía toma formas menos exóticas, más familiares. El tema mismo, la elaboración del vacío que deja la muerte de los padres, resulta más cercano al público. El tratamiento de ese tema, en cambio, puede distanciarlo, incluso aburrirlo. Una suave emoción aparece, envolviendo todo como un aire limpio, pero recién hacia el final, un poco tarde para el grueso de los espectadores (la película dura media hora más de lo conveniente).
Lo de César es una suerte de aplomado clasicismo dentro del underground. Cuidadoso, de gustos exquisitos, hace transitar delicadamente a sus criaturas por amplias habitaciones de una vieja casona, los hace reclinarse y contemplarse contra grandes puertas vidriadas, con mucho biselado, o contemplar y compartir pequeños momentos de placidez, la madre y los dos hijos, ya muchachos grandes, aún pegados a ella, aún atraídos por un específico sentimiento de dolor: el padre murió en un accidente, pareciera que tras haber discutido con la madre, cuando ellos eran chicos. La mujer prefiere no hablar de eso, uno de los hijos da vueltas precisamente alrededor de eso. Todo, ceremoniosamente, en sucesivas y parsimoniosas escenas, casi siempre en plano secuencia, casi siempre en diálogos reposados, pero siempre, hay que destacarlo, con una preciosa música de fondo. Hay variantes. Pequeñas escenas de sangre y resentimiento antirreligioso. Una especie de purificación en el desierto puneño. Apuntes de humor y heterosexualidad en el personaje del hermano más chico, puesto a elegir entre las exigencias de una amiga y los maestros de esgrima que le presenta un amigo.
Por primera vez, también, el cine de César nos permite apreciar los muslos de una chica. E incorpora el tango. Más que nunca, queda la impresión de haber visto la estilizada catarsis, muy personal, y muy sentida, de una pena íntima. Lástima que también sea muy larga. P.S.
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