7 de junio 2005 - 00:00

Santiago García Sáenz une lo sagrado con lo cotidiano

«El sueño deJacob», óleode SantiagoGarcía Sáenz,obtuvo elprimer premioFortabat 1997en el MuseoNacional deBellas Artes.
«El sueño de Jacob», óleo de Santiago García Sáenz, obtuvo el primer premio Fortabat 1997 en el Museo Nacional de Bellas Artes.
"No quiero volverme sombra, quiero ser luz y quedarme". Estos versos de Atahualpa Yupanqui citados por Santiago García Sáenz condensan ejes temáticos y de sentido de su reciente libro «Angel de la Guarda, 50 años de dulce compañía». Cinco décadas de vida y obra entretejen la memoria de García Sáenz en esta publicación de casi doscientas páginas, con textos de numerosos críticos de arte y buenas fotografías de Gustavo Sosa Pinilla y Facundo de Zuviría.

La narración autobiográfica es un relato que entrecruza diversas historias: la personal, la familiar y la artística. Cuenta los principales acontecimientos de su vida enmarcados de cerca por los avatares del país. La memoria reúne los fragmentos y anuda los hilos que representan sus obras. «García Sáenz pinta empuñando el pincel (...). Se ve como artista, en definición autoral. Es la asunción de su autocomprensión como pintor. Con presente y pasado, con familia, recuerdos. Con memoria», señaló Rosa María Ravera, Presidente de la Academia de Bellas Artes.

Desde las anécdotas familiares, los acontecimientos políticos del '55 -año de su nacimiento-, y las imágenes que poblaron su niñez en la Parroquia San Nicolás, el artista llega a lo que pinta hoy. A los cinco años, antes de aprender a leer, frecuentó el Instituto Santa Ana de Bellas Artes en el Bajo Belgrano, «...donde una monja piamontesa, que se dedicaba a la cerámica, nos enseñaba el catecismo con unas láminas italianas...», aquellas primeras impresiones sumadas a un contacto con una Historia Sagrada ilustrada por Maurice Denis, fueron experiencias clave que recuperó muchos años más tarde, cuando reutilizó esas imágenes para paisajes y ciudades.

«Un niño rubio de ojos celestes se interesaba por los dibujos. (...) Con unos años más, y munido ya de sus pinceles, el niño de ayer materializa las revelaciones que lo desvelaban.»,
observó la escritora Alina Diaconú. Desde la adolescencia, el verano, el mar, el campo y la naturaleza fueron su Paraíso, donde se nutría como artista, recuperaba la fortaleza y neutralizaba sus tormentos.

Un momento importante en su trayectoria fue la serie «Te estoy buscando América» de 1986, cuando se propuso recuperar los sentimientos del paraíso perdido de la infancia. La Pampa («espacio sin límites» en quechua), es un símbolo del lugar de lo posible. Sobre estas obras el crítico Albino Dieguez Videla señaló «... forman un consistente friso de imaginería popular, de mitos, de leyendas que han ido atrapando poco a poco al pintor, quien con su estilo desenfadado se ha dedicado a plasmar lo que se ve y lo que se presiente».

García Sáenz
ha tratado de unir la historia sagrada y la cotidiana, con una visión exenta de dogmatismos, pero poseedora de una emoción que suele deslizarse hasta la ironía. Con un lenguaje minucioso pero a la vez libre, opone al aparatoso e inhóspito mundo de hoy, simbolizado por los centros urbanos amenazadores, abigarrados, solitarios, con lo elemental de la Naturaleza, sus verdes, sus cursos de agua, los animales y los cielos.

En sus telas no hay alegatos ni enseñanzas moralizadoras, pero sí ofrece en todas ellas una permanente remisión a la persona humana, olvidada en muchas obras de nuestro tiempo. Así surge el vuelo poético del imaginario popular en un mensaje sutil, apasionado, que advierte la presencia de grandes verdades y las comunica.

En la muestra «Los mártires y la Virgen coronada», que presentó en el Centro Rojas, materializó la temática del dolor con representaciones que marcaban la intolerancia y la marginación. Por ello, Mercedes Casanegra señaló: «... la visión de García Sáenz pretende de manera simbólica abarcar a todos aquellos que parecerían no haber sido imaginados por esta cultura, especialmente los discriminados por razones sociales, políticas, religiosas». La idea que impulsó la realización de este libro para García Sáenz fue la de un reconocimiento, en dos sentidos: la gratitud y la identidad. «(...) Escribo en agradecimiento a la vida y al ngel de la Guarda que acompaña mis pasos desde hace cincuenta años. Es profundizar en la memoria, el recuerdo, la historia, las fantasías de esos elementos fundamentales de mi trabajo, del mismo modo que lo fueron para Figari, Chagall, Balthus y tantos otros».

No es casual que mencione a Chagall, un artista cuya obra operó sobre la realidad, pero como él, desde la memoria, a través de imágenes figurativas desarrolladas con mucha libertad,recuerdos y con una asombrosa imaginación que elude las convenciones. Chagall fue un artista con una singular visión humana cuyos temas derivaban siempre en uno solo: el destino del hombre, como se hace patente en las obras de García Sáenz.

Así convergen la poesía de un artista cristiano y uno judío. Lo entendió de inmediato
Fernando Fazzolari, otro creador de su generación, reflexionando sobre los distintos modos de sobrellevar la vida cotidiana: «Tiago ha elegido como compañía la voz del ángel guardián para sus días, aquel que lo ampare de algunas siniestras acciones del destino y de las estadísticas. Con él se desliza a lo largo de su vida rememorando las oportunidades en que la luz se hizo presente y lo acompañó en su obra».

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