Una
estupenda
Meryl Streep
y una correcta
Uma Thurman
juegan las
mejores
escenas de
«Secretos de
diván»,
comedia que
pierde puntos
cuando se
pone
romántica o
baja línea
bienpensante.
«Secretos de diván» (Prime, EE.UU., 2005, habl. en inglés). Dir.: B. Younger. Int.: M. Streep, U. Thurman, B. Greenberg, J. Abrahams, A. Biasi.
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Esta es la historia de un curioso triángulo: una mujer de 37 años, su analista cincuentona y un joven de 23 que enamora a la primera y termina resultando hijo de la segunda. El detalle es que todos ignoran esos vínculos -heréticos para la ortodoxia psicoanalítica y otras ortodoxias como se verá después-, hasta que la terapeuta se entera y empieza otra película. Que no será una de Woody Allen, pero es simpática y agradable de ver.
El film se inicia con las sesiones que la bella y refinada Rafi dedica a su reciente divorcio, y es instada por su doctora a disfrutar de la vida, consejo que la paciente sigue al pie de la letra con un bisoño aspirante a artista llamado David Bloomberg. Pese a la diferencia de edad hacen una pareja armoniosa ya que el pretendiente aparenta más años que los que tiene y Rafi es... Uma Thurman.
En estos primeros tramos, el guión del director BenYounger se pone un tanto solemne, y lo que es peor sin mayor sustento. Pasa que se ocupa de demasiadas cosas. A saber: Rafi quiere ser madre antes de que se le escape el cuarto de hora, el chico es obviamente un inmaduro que le invade la casa y algunas noches hasta prefiere el playstation, los amigos de ambos no aprueban el romance y, sobre todo, él pertenece a una familia judía practicante y ella es «goi».
Por eso es que todo cambia, para bien, cuando la doctora Metzger, que se la pasó estimulando el affaire «sanador» de su paciente, descubre quién es el muchacho de cuyos atributos y habilidades sexuales se enteró entusiasmada sesión tras sesión. Aquí hay que decir que, antes que acertar en la escritura y el armado de esta parte, Younger tuvo la gran fortuna de contar con Meryl Streep para un papel que la hace pasar de librepensadora neoyorquina, además a recalcitrante idishe mame sin escalas. Ella sola sostiene el tono de comedia que necesitaba esta historia y hace valer la película. De hecho, son mucho mejores las escenas compartidas por Streep y Thurman que el romanticismo o las sucesivas peleas y reconciliaciones entre esta última y su amante.
Se ven por ahí también unas rarezas un tanto fuera de registro del amigo del novio-hijo y unos inserts de una abuela muy apegada a la tradición judía que son un hallazgo cómico, pero si no fuera por Meryl Streep, el film perdería aún más frescura con sus convencionalismos, sus situaciones dramáticas forzadas y su corrección política.
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