Marisa Monte, de aspecto delicado, una belleza no convencional y dueña de una seducción avasallante, no llegó para revolucionar la música de Brasil, como sí lo hicieron sus antecesores de la bossa nova o la tropicalía. No tiene una actitud política, ni en las letras ni en los sonidos, como la tuvieron los artistas que se desarrollaron en tiempos de dictadura. No es tampoco una rockera clásica, ni una cantante pop en estado de pureza, de los que apuntan a entusiasmar a los públicos más jóvenes.
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Pero su mérito es haber tomado un poco de cada cosa y generado una síntesis que explica, seguramente mejor que nadie, por dónde circula en estos momentos la música popular de nuestros vecinos. Porque además es inteligente para elegir los arreglos para una mezcla de banda pop con instrumentos tradicionales, como el cavaquinho, y muchísima percusión, y los músicos acompañantes, un verdadero despliegue de talento en todos sus compañeros, y para armar un repertorio que combina lo tradicional con lo moderno.
Se preocupa por lo visual y ofrece un show hermoso y estéticamente muy coherente en ese sentido. Y su voz, una herramienta pulida con muchas horas de trabajo, es impecable, dulce, contundente. Con más de 10 años de historia profesional y muchos discos, todos muy exitosos en ventas, Monte nunca había llegado, sin embargo, para cantar en la Argentina. Y su demorado debut no podía haber sido mejor.
Programa
Su show, el mismo que ha presentado en Brasil y en otros lugares, es una buena muestra de su presente. Estuvieron, por supuesto, muchos de los temas de su más reciente álbum «Memórias, crónicas e declaraçoes de amor», como «Amor I love yo u», con el que abrió el concierto, «Nao é fácil», la maravillosa «Perdao Voce», de Carlinhos Brown y Alain Tavares, «Tema de amor», «Gentileza», en homenaje a un profeta popular de Rio, «Agua também é mar».
Pero hubo también canciones de sus discos anteriores y un excelente homenaje al pasado con los sambas «Para ver as meninas» de Paulino da Viola y «Gotas de lua r» de Nelson Cavaquinho y Guilherme de Bri to, y con el viejo choro «Ontem ao luar», posiblemente el momento más emotivo de su concierto.
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