El film narra con mucho sentimiento la historia de un niño etíope a quien su madre cristiana,
para darle un futuro, hace pasar por judío para que sea adoptado por una familia israelí.
«Ser digno de ser» (Va, vis, et deviens, Francia-Israel-Italia-Bélgica.,habl. en hebreo, francés, amharic). Dir.: R. Mihaileanu. Guión: R. Mihaileau, A.L. Blanc. Int.: Y. Abecassis, R. Zem, M. Agazai, M. Abebe, R. Hadar, S. Sabahat, I. Adgar.
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Aunque se lo espera durante largo tiempo, el final de este impresionante melodrama resulta medio apresurado. Fuerte, impactante, pero apresurado, e incluso un tanto artificioso, como si después de 137 minutos de estilo realista el director hubiera querido hacer una composición simbólica de tres minutos. Pero qué buena composición, que no diremos cómo termina, pero sí que empieza con una acción ridícula y sin embargo trascendente: en un campo de refugiados, un médico reparte biromes entre los niños subalimentados.
Parece una tontería, porque quizá debería repartir alimentos, pero ¿acaso él mismo no fue un niño como ésos, y cada uno de ellos no tiene una historia que escribir? La suya se escribe ante nuestros ojos, que pueden darle crédito o no, aunque todo es verosímil, y basado en sucesos y personajes reales. Año 1984, hambruna en el cuerno de Africa, miles de infelices amontonados en un lugar penoso, esperando por cualquier ayuda.
Algunos la consiguen. Son los falashas, los etíopes que practican la religión judía desde los tiempos de la reina de Saba. Para ellos, Israel arma la Operación Moisés, consistente en comprobar si estos etíopes negros son realmente judíos, y, en tal caso, llevarlos a la Tierra Prometida.
Una mujer cristiana toma entonces una decisión tremenda. Va a separarse de su hijo de nueve años, va a hacerlo pasar por un huérfano falasha, con tal de salvarlo aunque no lo vea más en lo que le resta de vida. Al menos él podrá vivir, comer, tener un futuro. Y allá va el chico, sabiendo que durante largos años ha de fingir lo que no es. Hasta que, adoptado por una familia sefaradí, empieza a serlo. El amará a su madre adoptiva, a su nueva patria, de la que su abuelo adoptivo fue pionero, y también amará su religión, sus costumbres, sus ideales. No será fácil. Nada ha sido fácil para los negros en Israel. Melodrama político, melodrama polémico, melodrama del chico que va creciendo y se vuelve un hombre ejemplar que ama a dos madres, y a dos patrias, «Ser digno de ser» fue realizada por un judío franco-rumano, vale decir, un rumano exiliado del comunismo que se fue a vivir a Francia, Radu Mihaileanu, el mismo de la notable comedia triste «Tren de vida». Algo hay de común en ambas obras. Como se recordará, «Tren de vida» cuenta la aventura de una aldea entera de judíos que, para salvarse de los nazis, se disfrazan de lo que no son, y emprenden un viaje que ha de llevarlos a una tierra de paz. También el final es sorprendente. Y el sentido del humor es exactamente el mismo, ese humor irónico y fantasioso de los sobrevivientes pese a todo, que se saben solos, agradecen cada día vivido, sueñan, y se inventan una sonrisa, aunque sea amarga, en medio de las penas.
La mayor diferencia es que en este caso se trata de un niño que va creciendo.
Historia singular, de mucho sentimiento, atrapa e impacta más allá de sus desniveles, o de los saltos temporales que obligatoriamente pega. Quizá su formato ideal era el de miniserie. Aún así, es muy recomendable. «Y si no salió una buena película del todo, al menos hemos aprendido mucho» (palabras del propio Mihaileanu, cuando la presentó en diciembre último en el festival de Pinamar).
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