No es mucho lo que se puede decir de esta película inglesa, y tampoco es mucho lo que va a mantenerse en cartel. No porque sea bochornosa, sino porque ella misma echa a perder sus posibilidades.
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Al comienzo interesa por la relación entre analista y analizada dentro de un neurosiquiátrico, donde quien debería ser la figura más estable se desestabiliza. Sinceramente, lo primero que interesa es la figura de Joanne Whalley, una actriz que según comentaristas empezó haciendo una fugaz fellatio en «Pink Floyd-The Wall» (al parecer es la que le alegra la vida a un vigilante), pero casi nunca llegó a hacer un protagónico, salvo éste, también de fugaz registro. Entre medio, y no por mucho tiempo, estuvo casada con Val Kilmer.
Llega esta mujer como psiquiatra, todavía treintañera sexy, pagada de sí misma, a un lugar de esos de oscuro ambiente, que más vale pasar de largo. Y a poco toma particular interés en el caso de una enferma abusada por su marido, una mujer que pareciera tan distinta a ella, pero que de algún modo es su alter-ego. Hasta ahí, la historia resulta atractiva, y uno espera que también sea ilustrativa del alma humana. Pero, desgraciadamente, pronto se dispara por carriles extraños, va perdiendo coherencia, y al mismo tiempo se hace evidente que los actores han perdido quién los dirija. Entonces, ya a esa altura, sólo el clima oscuro de la trama, y la expectativa por saber en qué termina el conflicto, hacen que uno se quede hasta el final, aun sabiendo que, a los pocos días, confundirá esta cinta en su memoria con tantas otras similares, y aún mejores, del género. P.S.
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