26 de septiembre 2002 - 00:00
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Escena del film
Sandra Bullock triunfa en Broadway y tiene ocasión de contar su difícil infancia en una entrevista que mortifica especialmente a su madre, Ellen Burstyn. Como ella también tuvo una infancia difícil, su club de amigas liderado por Maggie Smith (la hermandad Ya Ya del título original) viajan a Nueva York, drogan a Bullock en una cena y se la llevan secuestrada al Sur para hacerle saber la verdad entre trago y trago. Los raccontos van y vienen con más velocidad que una dama sureña vaciando su copa, pero lamentablemente el ritmo narrativo de «Divinos Secretos» tiene el ritmo de un domingo con resaca. A lo largo de las dos horas, Ahsley Judd (la madre de joven) toma pastillas y vodka, huye del hogar empeñando joyas, maltrata a su marido -que de anciano es un James Garner que da pena-y hasta da tremendas palizas con un cinto. Pero como al final tiene que venir un reencuentro alegre y emotivo, también hace cosas loables. Sin los temas de Reed más algún Ray Charles y un sorprendente Bob Dylan, más la excelente fotografía de John Bailey y las sólidas actuaciones de Judd, Smith y Burstyn, «Divinos Secretos» sería un mal trago de principio a fin, ya que no hay equilibrio entre los picos melodramáticos y los pobres toques humorísticos, y los personajes resultan tan esquemáticos como poco creíbles. Eso sí, las espectadoras en busca de una buena sesión de catarsis lacrimógena saldrán del cine totalmente reenergizadas.




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