2 de mayo 2001 - 00:00

Sorprende un arte carente de razón

Beethoven y el Vaticano.
"Beethoven y el Vaticano".
(30/04/2001) Si el público no estuviera prevenido, jamás podría imaginar que las obras de arte que exhibe la Fundación Proa fueron realizadas por enfermos mentales. «Imágenes del inconsciente», la exposición que se inauguró en La Boca en el marco del desembarco brasileño en cuatro museos de Buenos Aires, resulta reveladora en muchos aspectos. Para comenzar, el valor estético de la producción de cinco artistas internados en hospitales psiquiátricos brinda pruebas concretas de que el talento artístico sobrevive a la locura y puede desarrollarse, aun a pesar de la locura.

Luego, más allá de la excelencia de obras que se encuadran a la perfección en la categoría de arte moderno, la historia que rodea la muestra pone en evidencia la idiosincrasia brasileña. Gente capaz de enfrentar la aprensión que provoca la locura y considerar que las obras realizadas por algunos enfermos mentales -si su valor artístico lo justifica-bien pueden integrar el patrimonio cultural de su país.

Identidad especial que percibió Carl Jung en el año 1957, cuando al ver algunas pinturas de esquizofrénicos de Brasil que llegaron al Congreso de Psiquiatría de Zurich, preguntó: «¿Cómo es el ambiente en el que pintan estos pacientes? Supongo que trabajan rodeados de simpatías y de personas que no le temen al inconsciente».

La ausencia de temor a la psicosis que advirtió Jung es una actitud que se concilia con un gesto de mayor amplitud conceptual y abarca todas las expresiones marginales. En la década del cuarenta, Mario Pedrosa anhelaba reunir en el Museo de los Orígenes el arte de los negros, los indígenas y los locos. Un modo de asumir su diversidad, legitimándola, con el objetivo de integrar un país con abismales contrastes de todo tipo.

Esta misma ambición totalizadora inspira la megamuestra paulista «Redescubrimiento +500 años». En las exposiciones que llegaron a Buenos Aires es posible evaluar que no se estiman tanto los reflejos del arte que se originó en Europa, sino que la tendencia es exaltar lo propio: el barroco americano, el arte popular, las obras de jóvenes no consagrados y estas expresiones surgidas de las profundidades del inconsciente.

Edemar Cid Ferreira, el banquero que aspira a cambiar la imagen de Brasil exhibiendo su riqueza cultural, dijo al presentar las exposiciones porteñas que su país reunía la mayor colección de Art Brut del mundo, «patrimonio que se formó porque, en vez del electroshock, prefirieron que los enfermos se expresaran a través del arte».

Y es así. En Rio de Janeiro, en el Centro Psiquiátrico Pedro II, que en el año 1946 albergaba a 1.500 internos en una extensión comparable a la de toda la playa de Copacabana, la doctora
Nise da Silveira, en franca oposición a tratamientos como la lobotomía o el coma insulínico, fundó el Servicio de Terapéutica Ocupacional. La médica demostró que el trato afectuoso y la práctica del arte tenían un poder balsámico sobre los esquizofrénicos y además constató que las imágenes facilitaban el acceso al inconsciente.

Los enfermos comunicaban con sus dibujos, objetos y pinturas lo que no podían formular con palabras. Sin embargo, los maravillosos trabajos que surgían de esos abismos de la psiquis fascinaron más a los críticos de arte que a los científicos. Así, en 1952 -y antes de que se fundara el Museo Art Brut en Lausanne, que reúne expresiones espontáneas e irreflexivas-, se creó en Rio el Museo del Inconsciente, de donde provienen las obras de
Fernando Diniz, Carlos Pertuis, Raphael Domingues y Arthur Amora.

La estrella de la muestra, por su condición decididamente vanguardista, es
Arthur Bispo, de Rosario, que hoy tiene un museo que lleva su nombre, un interno del Hospital Juqueri para casos terminales, donde ya en 1923 el psiquiatra Osório César había comenzado a estudiar el arte de los alienados. Bispo nunca concurrió a los talleres de arte y realizó su obra inmerso en un delirio místico, como si fuera un mandato del cielo.

Recién luego de su muerte, sus objetos -«resignificados», como los de Duchamp-escalaron al status de arte que él les había negado, y en 1995 fueron presentados en la Bienal de Venecia. En el contexto de esta exposición, resulta fácil entender el pensamiento antropofágico que resume la modernidad de Brasil, la capacidad para fagocitar culturas diversas junto a las propias virtudes naturales, cualquiera sea su orden, de asimilarlas y de digerirlas.

Por otra parte, y como si la Fundación Proa hubiera sido especialmente diseñada para recibir esta muestra, la pureza arquitectónica de sus salas acrecienta la sensación de orden estructural que transmite un arte que, paradójicamente, ha surgido del máximo desorden.

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