2 de mayo 2001 - 00:00
Sorprende un arte carente de razón
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"Beethoven y el Vaticano".
Y es así. En Rio de Janeiro, en el Centro Psiquiátrico Pedro II, que en el año 1946 albergaba a 1.500 internos en una extensión comparable a la de toda la playa de Copacabana, la doctora Nise da Silveira, en franca oposición a tratamientos como la lobotomía o el coma insulínico, fundó el Servicio de Terapéutica Ocupacional. La médica demostró que el trato afectuoso y la práctica del arte tenían un poder balsámico sobre los esquizofrénicos y además constató que las imágenes facilitaban el acceso al inconsciente.
Los enfermos comunicaban con sus dibujos, objetos y pinturas lo que no podían formular con palabras. Sin embargo, los maravillosos trabajos que surgían de esos abismos de la psiquis fascinaron más a los críticos de arte que a los científicos. Así, en 1952 -y antes de que se fundara el Museo Art Brut en Lausanne, que reúne expresiones espontáneas e irreflexivas-, se creó en Rio el Museo del Inconsciente, de donde provienen las obras de Fernando Diniz, Carlos Pertuis, Raphael Domingues y Arthur Amora.
La estrella de la muestra, por su condición decididamente vanguardista, es Arthur Bispo, de Rosario, que hoy tiene un museo que lleva su nombre, un interno del Hospital Juqueri para casos terminales, donde ya en 1923 el psiquiatra Osório César había comenzado a estudiar el arte de los alienados. Bispo nunca concurrió a los talleres de arte y realizó su obra inmerso en un delirio místico, como si fuera un mandato del cielo.
Recién luego de su muerte, sus objetos -«resignificados», como los de Duchamp-escalaron al status de arte que él les había negado, y en 1995 fueron presentados en la Bienal de Venecia. En el contexto de esta exposición, resulta fácil entender el pensamiento antropofágico que resume la modernidad de Brasil, la capacidad para fagocitar culturas diversas junto a las propias virtudes naturales, cualquiera sea su orden, de asimilarlas y de digerirlas.
Por otra parte, y como si la Fundación Proa hubiera sido especialmente diseñada para recibir esta muestra, la pureza arquitectónica de sus salas acrecienta la sensación de orden estructural que transmite un arte que, paradójicamente, ha surgido del máximo desorden.




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