13 de marzo 2006 - 00:00

Stupía: el arte como sensación y reflexión

La retrospectiva de Eduardo Stupía que se exhibe en Recoleta puede verse como el viajede un minucioso y obsesivo explorador de las formas.
La retrospectiva de Eduardo Stupía que se exhibe en Recoleta puede verse como el viaje de un minucioso y obsesivo explorador de las formas.
Con un recorrido cronológico que comienza en los tempranos 70 y culmina en la actualidad, la muestra antológica de Eduardo Stupía que se inauguró la semana pasada en el Centro Cultural Recoleta, brinda visibilidad a un artista de culto, respetado por sus pares y escasamente conocido por el público.

Más concentrado en sus tintas y acuarelas realizadas en riguroso blanco y negro que en la consecución del éxito, Stupía ha permanecido ajeno durante más de tres décadas a las vertientes dominantes. Con un barroquismo excesivo, su magnífica y, por qué negarlo, por momentos agobiadora obra, se resiste al encasillamiento.

El sucesivo y terco alejamientode la transgresión neoexpresionista, el citacionismo de la transvanguardia, los desbordes de las nuevas subjetividades, el gusto por lo decorativo u ornamental, el discurso retórico del arte político y la gran tentación del conceptualismo, terminó por separarlo del «canon». Lo cierto es que el silencio aisló y de algún modo también protegió la carrera del artista del facilismo interpretativo.

Desde las tintas que realizó en 1971 bajo la influencia del surrealismo y con las formas gomosas y elastizadas y del comic y el pop, cuando era un recién graduado de la Escuela General Belgrano, hasta las estremecedoras pinturas de este siglo que cierran la muestra, su obra responde al influjo de una compulsión privada, a un desborde de la sensibilidad que parece reclamar permanente control.

En los primeros dibujos ya se percibe el rumbo que predetermina la evolución que caracterizada toda la obra, la inmensa energía expansiva limitada por la economía de recursos (tinta sobre papel) y el orden que imponen los códigos gramaticales de la pintura.

La exposición es una elocuente reflexión sobre el lenguaje de las formas y sus infinitas posibilidades. La obra completa se puede ver como el viaje de un minucioso y obsesivo explorador de las formas, dedicado a observar los inagotables incidentes de las formas, pero capaz de hablar sobre las posibilidades expresivas del arte y de mostrar la relación que puede establecer el sujeto con el universo.

A través de los años, el lenguaje de
Stupía se vuelve más y más sagaz y su ojo más certero; los ritmos más armónicos y la construcción más abstracta; las imágenes más ambiguas con un creciente poder evocativo. Con el dominio de nuevos materiales (tinta de impresión y esmalte sintético), aparece un dramático quiebre en la línea que rompe el estilo apacible; con la vieja estrategia impresionista de acercarse y alejarse del cuadro, cada obra se transforma en muchas obras a la vez, la que se ve de cerca y la que se divisa de lejos. Al ingresar a la sala, el conjunto resulta monótono. Es preciso internarse en cada obra para percibir los inagotables paisajes y resonancias que encierra. Situado en un punto intermedio entre una figuración que se intuye como un sueño y la abstracción total, Stupía aclara frente a uno de sus cuadros: «Los bosques están. Están a través de un lenguaje que no es el de la mímesis de lo real, pero que tampoco le da la espalda».

La megamuestra está curada con buen criterio selectivo por Mercedes Casanegra, y cuenta con el excepcional montaje de Gustavo Vázquez Ocampo, que interrumpe el monocromo con paneles rojos, crea espacios nítidos para las distintas épocas, genera recintos de intimidad y deja un espacio escenográfico para un inmenso mural.

Esta magnífica pintura se desplaza sobre el muro con la gracia de una composición musical. Los charcos de tinta y la maraña de pinceladas, parecieran tener su correspondencia sonora, los torrentes y remolinos mecerse al compás, las gotas de tinta producen vibraciones, mientras la densidad de la pintura y los espacios blancos se adivinan como silencios y melodías que culminan en un gran acorde. El mural trae finalmente el recuerdo del principal fundamento para el desarrollo de la pintura abstracta de
Kandinsky: «El mundo suena». En suma, con su expresividad contenida, Stupía depara sensaciones fuertes en el espectador.

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