8 de marzo 2004 - 00:00
Szuchmacher: de Calderón de la Barca a Perón sin escalas
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Rubén Szuchmacher
Periodista: ¿En qué año transcurre «Comunidad organizada»?
Rubén Szuchmacher: El primer acto se desarrolla a fines de 1954, después de los conflictos de Perón con la Iglesia y la implementación del divorcio. El segundo acto transcurre en la noche del 15 de septiembre de 1955, la víspera del golpe de estado que derrocó a Perón. Y en el tercer acto, que es a comienzos de 1956, ya está instalada la Revolución Libertadora. La acción de los tres actos transcurre siempre en el mismo lugar: el patio de actores de un teatro comercial. «Comunidad organizada» es el título de un trabajo que presentó Perón en un congreso de filosofía. Allí hizo un listado de cómo debía ser el funcionamiento de la sociedad argentina, que él concebía como peronista. El término tiene un sentido irónico en nuestro caso porque se trata de un conjunto de personas que supuestamente están organizadas alrededor de una obra de teatro (la de Calderón) pero que de comunidad organizada tienen muy poco. Como todo lo que sucede en la Argentina, acá nada termina de resolverse a fondo, los personajes nunca extreman sus conflictos ni concretan sus proyectos.
P.: Pero estos actores, embrutecidos por la desidia, son los encargados de llevar a escena una comedia de Calderón, la quintaesencia del teatro culto.
R.S.: Esto genera una tensión muy interesante entre lo culto y lo prosaico. Pero quiero aclarar que la obra de Calderón no está hecha en forma paródica. La obra está expuesta tal como es, pero derribando el mito de que lo culto es sinónimo de aburrido.Al chico que limpia el teatro y que escucha cumbia todo el día le gustó más el Calderón que la otra obra, aunque los primeros quince minutos suenen a húngaro. Porque, como el texto es en verso, hay que irse acostumbrando a su musicalidad.
P.: ¿Una obra así puede despertar hoy polémicas políticas?
R.S.: La obra tiene muchas lecturas posibles, pero más que del peronismo en sí habla de la dificultad que tenemos los argentinos para la participación política. El espectáculo confronta todo el tiempo al espectador con las contradicciones de nuestra sociedad, y lo hace oscilar entre «el adhiero y no adhiero», porque aquí no se busca aleccionar a nadie, ni se dividió a los personajes en buenos y malos. Nos esforzamos tanto en no caer en el antiperonismo que al final temíamos que la obra se nos volviera demasiado peronista. Pero lo que hicimos fue poner esa contradicción en escena.
P.: ¿Qué tipo de público imagina para este montaje?
R.S.: Es un espectáculo absolutamente comprensible y con una fuerte impronta comunicacional. Su complejidad no está a la vista, así que cada espectador puede realizar su propia lectura o decodificar los signos que estén a su alcance. Esto hace que el chico de la limpieza lo pase bomba y el intelectual más furioso también. Yo creo que con esto rompemos con un viejo debate que dice que el teatro se olvida del público. Porque si el teatro no establece un nivel de comunicación con su sociedad se convierte en un disparate, en puro ejercicio narcisista por parte del autor, algo que considero totalmente inútil y que además es expulsador de público. Acá hay mucho para ver y hasta el espectador tiene la ventaja de que si no le gusta una obra, le puede gustar la otra.
Entrevista de Patricia Espinosa


