19 de abril 2001 - 00:00
Tenso relato sobre la crisis del siglo
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Escena del film.
El guión, que adopta la mirada del amigo y consejero presidencial Kenneth O'Donnell ( Costner), agiganta el papel que le cupo a Kennedy en persona, en un escenario donde no estuvo excluida la posibilidad de un golpe, para frenar el decidido belicismo de todos sus mandos militares que querían invadir Cuba y recién después sentarse a negociar. Siempre que quedara alguna silla en pie: la Unión Soviética, de producirse el ataque, respondería invadiendo Berlín occidental.
El reparto y las caracterizaciones de «Trece días» transmiten nervio y credibilidad: Bruce Greenwood se lleva los laureles. Su Kennedy es rico en matices, sus indecisiones y la firmeza que debe sacar de cualquier rincón para encontrarle una salida a la crisis definen sus condiciones de gran intérprete (excelente la escena en la que se afloja la corbata y desea, por un instante, que cualquier otro venga a ocupar su lugar).
Otro gran actor es Dylan Baker en el papel del secretario de Defensa Robert McNamara, que debe sobreponer la autoridad para desafiar los impulsos militares y algunas operaciones puestas en marcha de manera cada vez más autónoma, con sus relativos conocimientos técnicos en materia bélica. Michael Fairman, como Adlai Stevenson, representante de los EE.UU. en las Naciones Unidas, aporta el toque de color; su transformación en una personalidad persuasiva y firme, contra un pasado endeble, tal vez sea demasiado forzada pero funciona bien a los fines dramáticos.
Costner, voluntariamente, se reservó un protagónico de relativo peso. En el film, su importancia no es tanto el papel que cumplió en la oreja de Kennedy, sino la de servir como «puente vigía» para la conducta del resto de los personajes, que son los que están haciendo la historia. La escenografía de los tempranos '60, así como todo el «aire de la época» (extremada la noche clave en la que Kennedy decide romper el silencio y hablar por televisión al país, desatando el pánico colectivo, las iglesias atestadas y la locura en los supermercados), es otro logro nada menor.




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