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En un contexto muy diferente al de sus otros libros, Tizón despliega su estilo inconfundible, hecho de frases pequeñas que concentran el máximo de información sin que el lector lo perciba. La referencia a los hechos y a los personajes siempre es escueta y está ligada a lo cotidiano. El autor elude cualquier tipo sentencia o juicio de valor y, sin embargo, a través de su narración fluye la vida en todo su fulgor, con sus contradicciones, sus misterios y con la inevitable sobrecarga de memoria corrompiendo el presente.
Raúl, el protagonista de «El viejo soldado», es un hombre torturado, que sobrevive muy mal en su exilio madrileño, acosado por los fantasmas de una época muy turbulenta de la que hoy sólo recuerda la violencia y confusión que la rodearon. Por una ironía del destino -y a falta de otra cosa-Raúl acepta trabajar para un ex militar franquista, ayudándolo en la redacción de sus memorias. El desprecio que le provoca el anciano -ubicado en las antípodas de su propia ideología-va dando lugar a un hecho aún más espantoso: la revelación de que ambos se parecen demasiado. Pero, mientras el viejo vive rodeado de símbolos ya muertos, Raúl se vuelve cada vez más solitario y autodestructivo. Las circunstancias de este encuentro van sumergiendo al lector en una subyugante intriga que queda en un sobrio segundo plano, debido a las connotaciones filosóficas de la novela. En pocas páginas, la novela de Tizón describe el trayecto existencial de seres que, puestos a vivir (y a pesar de las apariencias), encarnan las mismas dudas, terrores, culpas e ilusiones que cualquiera de nosotros.
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