Facundo Arana
pasea traumas
tardíos en
«Tocar el
cielo», film
coral de esos
que saben
hacer sonreír y
llorar aun a
riesgo de lugar
común, que
cuenta con
formidables
trabajos de
Bettiana Blum
y China
Zorrilla.
«Tocar el cielo» (Argentina-España, 2007, habl. en español). Dir.: M. Carnevale. Guión: M. Carnevale, L.A. Martin, J.A. Félez, A. Gelós; Int.: F. Arana, B. Blum, M. Germán, Ch. Zorrilla, L. Catalano, Ch. Lera, V. Echegui, R. Arévalo, S. Garciarena.
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Tras el éxito de la tan querible «Elsa & Fred» se arriesga Marcos Carnevale a desarrollar una obra algo distinta, quizá menos efectiva en forma inmediata, y mucho menos risueña, pero que igual puede satisfacer a su público, ya que se trata de una de esas historias bien vestidas que, sin prisa pero sin pausa, hace aflorar sonrisas, lagrimitas, un dejo de ternura, y también la debida, innegable, inocultable cuota de admiración ante los trabajos de Bettiana Blum y China Zorrilla. Y eso que al principio pareciera que están como de reparto.
La historia está rodada en Buenos Aires y Madrid, Toledo y Otamendi, que recibe el nombre ficcional de Sauce Caído, y también en los cielos del campo bonaerense, porque Facundo Arana maneja una avioneta (y hay un plano que lo muestra aterrizando él solito, sin truco y sin cortes, como para alimentar la envidia de quien vaya al cine por obligación, sólo para acompañar a su mujer). El hombre es un poco aventurero, esquiva eso de tener familia, porque perdió a sus padres cuando era niño. Ya está grandecito para andar con traumas, pero, bueno, son cosas del libreto. No importa, alguien llegará para encauzarlo, y no es necesariamente su amigovia, la catalana Montse Germán ( casualmente, la Mónica de «Ficción», pero acá luce mucho más linda). Varios personajes se entrecruzan, y se descubren emparentados de un modo u otro: la mujer todavía joven que quiere adoptar legalmente un niño ( lateralmente, la chica que debe resignarlo, y la vecina comedida entre medio), la otra, ya más grande, que se enternece con un murciélago porque no se anima a enternecerse del todo con el veterinario, la estudiante que vive su primera historia de amor con un hombre mayor, hasta que descubre sus torpezas y deja de admirarlo, la abuela que se sostiene sola y sostiene a casi todos, con sus espaldas gachas. Hay, entonces, arrugas, hay brazos flácidos, gente viviendo situaciones tocantes, sufriendo el paso del tiempo, el ayer inútil,el rencor inútil, la dificultadde aceptar los méritos del otro, y también hay un cáncer, un parto, y un final de año. Lugares comunes, puede decirse, pero argumentalmente bien colocados. El cine clásico abunda en este tipo de historias, pero no todos saben hacerlas, de ahí que corresponda saludar respetuosamente a Carnevale, y a sus coguionistas Lily Ann Martin y J.A. Félez (también productor ejecutivo de esta película, «Elsa.», «El faro», «El viento», «Roma», y también varias españolas buenas, como «El bola» y «El traje»).
Saludar, asimismo, a la maquilladora de Bettiana Blum, y al coraje de ésta para mostrarse como aquí aparece. Y lamentar, eso sí, que el inefable Palomino Cortez, en rol de médico de pueblo, apenas aparezca, y en cambio aparezcan muchísimo dos personajes (y sus respectivos intérpretes) histéricos viviendo un conflicto por demás artificial entre padre e hijo. Quizás haya gente así, pero acá suenan inverosímiles, fastidian, y afectan al conjunto. No dejan llorar en paz.
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