Tras las huellas de un criminal nazi

Espectáculos

El narrador Frederick Forsyth lo convirtió en el siniestro personaje que interpretó Maximilian Schell.

Las novelas y el cine acostumbran embellecer la realidad, esto ya es sabido. Frederick Forsyth acreditaba un lindo pasado como piloto de la Royal Air Force y espía del M16 cuando escribió “El día del chacal”, cuidadosa descripción de un fallido magnicidio ocurrido pocos años antes en París. Muy elogiada por su verosimilitud, la novela fue dos veces llevada al cine (la primera es la buena). La segunda novela, “El archivo de Odessa”, fue más exitosa, pero menos verosímil. La tercera, aún menos.

Según “El archivo de Odessa”, un huérfano de guerra descubre quién pudo haber sido el asesino de su padre, y en su búsqueda destapa el avispero de la Organization der Ehemagen SS-Angehorigen, es decir, la organización de antiguos miembros de la SS nacida en 1946 para poner a los criminales nazis a salvo en EE.UU. y Sudamérica. Pero en este caso el asesino está más cerca de lo imaginado, tomándose cómodamente unos tragos en un hermoso castillo de los Alpes austríacos.

Para mayor credibilidad, el escritor consultó a Simón Wiesenthal, el famoso cazador de nazis. Curiosamente, Wiesenthal le sugirió que el asesino llevara el nombre de un auténtico criminal, Eduard Johann Roschmann, largamente conocido como “el carnicero de Riga”. Por entonces, 1972, Roschmann todavía estaba vivo, aunque nadie podía saber en qué lugar del planeta. Lo mismo cuando en 1974 la novela fue llevada al cine. ¿Por qué el cazador propuso emplear su nombre? Algunos dicen que de este modo puso una trampa cazabobos. ¿Acaso se habrá visto Roschmann en la sala de un cine, encarnado por el elegante actor Maximilian Schell, la fina copa en la mano y el destino en los ojos de su perseguidor?

El cine embellece la realidad. El carnicero no tenía ni la sombra de la pinta de Maximilian Schell. Era un gordo bigotudo, enfermizo, un poquito rengo, y a esa altura ya ni siquiera se llamaba Roschmann. Estaba en la Argentina desde 1948 como Federico Wegener, comerciante checoslovaco. Aquí armó una empresa maderera, se casó con su secretaria y se nacionalizó en 1968. Y se habría jubilado, de no ser porque sus crímenes volvieron a la luz con la película, algo se movió, Wiesenthal confirmó sus sospechas y un tribunal de Hamburgo pidió la extradición, que la Embajada de la entonces República Federal Alemana (RFA) tramitó a fines de 1976. Algún “odessiano” habrá andado por ahí, porque justo cuando el 5 de julio de 1977 la Argentina dio curso al pedido alemán, el supuesto maderero armó una valija y se tomó un ómnibus al Paraguay, donde gobernaba el general Stroessner. Pero no llegó a verlo.

En su libro “Un nazi en el sur. El ‘carnicero de Riga’ en Paraguay” (2017, que será reeditado en las próximas semanas), el periodista asunceño Juan Cálcena Ramírez cuenta la vida de Roschmann: el nacimiento en 1908 en el Imperio Austrohúngaro, la vida antes de incorporarse a la SS, la sangrienta foja de servicios como comandante del gueto de Riga, Letonia, la captura y posterior fuga de Rimini en 1947, las andanzas por el Cono Sur. Y el mes escaso que pasó en Asunción del Paraguay. Ahora una colega suya, Montserrat Álvarez, del “ABC Color”, detalla con calidad narrativa esos últimos pasos, y el irónico final, en una nota titulada “Postrimerías del asesino”.

Y es que el temido comandante alemán se recluyó en la pensión de una viuda que lo alojó en una pieza compartida de cinco camas, dos roperos y una mesa con mantel de plástico. Una noche la cena le hizo mal y lo llevaron al Hospital de Clínicas. Ahí, en “el hospital de los pobres”, como todavía le dicen, se le vinieron todos los males juntos, sudó, sufrió, le hicieron una traqueotomía, y el 10 de agosto tuvo un paro cardíaco. Lo hubieran enterrado como Wegener, pero justo pasó por la morgue el dueño de una rotisería alemana, un inmigrante llamado Emil Wolf, y lo reconoció. Rápidamente anoticiada, Interpol se hizo cargo. Tiempo después Wolf le contó al diario quién era ese hombre muerto, y al día siguiente le adornaron el local con siete balazos. Así es la verdadera historia, y Forsyth no la habría escrito mejor.

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