Tres grandes intérpretes reviven familia "monstruo"

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Cuenta Anaís Nin en uno de sus diarios, que cuando fue al cine a ver «Los padres terribles» de Jean Cocteau, la gente salía indignada de la sala comentando: «¡Quels monstres!». Corría el año 1948 y el público seguía sin poder digerir las audacias de esta incisiva comedia negra escrita una década atrás.

Se dijo que Cocteau, uno de los artistas más originales y multifacéticos que haya dado Francia, había escrito esta obra bajo los efectos del opio, y que su intención era demostrar públicamente -en especial a aquellos que rechazaban su abierta homosexualidad- que es en el seno de las familias más honorables donde suelen cometerse los peores excesos y abusos.

La pieza es una suma de géneros: trama de reminiscencias trágicas, desarrollo en clave de vodevil, cierto coqueteo con el melodrama y una inesperada comicidad que aliviana los puntos más escabrosos de esta sátira sobre la rivalidad entre padres e hijos.

El autor siempre estuvo más allá del bien y el mal, por lo tanto no moraliza. En realidad, Cocteau tiende a reírse de sus personajes, los lleva del amor al odio y de la bajeza a la nobleza casi sin respiro. Son tan débiles y patéticos, que terminan inspirando ternura. Empezando por Ivonne, la tragicómica heroína, que disfruta de una intimidad casi incestuosa con su hijo Michel, hasta que se entera de que «su bebé» se ha enamorado y planea irse a vivir con su novia Madeleine.

Todo se complica cuando Georges, el padre de Michel, descubre que esa jovencita no es otra que su amante, a la que ha estado manteniendo desde hace unos seis meses. La aparición de Madeleine amenaza con desequilibrar el sistema endogámico de esta familia, ya de por sí sumergida en un perpetuocaos. La responsable de conservar cierto orden y de asegurar el sustento general es la tía Léo, hermana de Yvonne, y también su eterna rival, dado que ambas se disputan a Georges. Ella es la que mueve los hilos para generar y resolver conflictos a su antojo.

«Los padres terribles» es una obra extraña que hiere y a la vez provoca risa. Algunas de sus escenas generan una tensión insoportable, otras resultan jocosamente bizarras, y aún así ningún personaje pierde su misterio y ambigüedad. La puesta de Alejandra Ciurlanti permite apreciar estas sutilezas en todo su esplendor gracias al esforzado desempeño del elenco.

Se destacan, particularmente, Mirta Busnelli (la madre). Luis Machín (el padre) y el joven actor Nahuel Pérez Biscayart, fascinante en el papel de Michel, joven aniñado y sensual, que siempre parece estar a punto de ser sacrificado. Los tres intérpretes ponen toda su energía y capacidad de delirio.

También sorprende el refinamiento de los rubros técnicos (escenografía, luces y vestuario) que jerarquizan a esta sala «off Corrientes», en donde finalmente terminó recalando este espectáculo.

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