«Sueño con sirenas.» Texto, música y canciones de P. Novak. Dir.: T. Lestinghi. Il.: R. Traferri. Int.: M. Rojí, P. Novak, A. García Pintos, C. Kaspar. (Teatro Picadilly.)
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L as vidas de tres amigos se enlazan a través del amor que sienten por una misma mujer. Corporizada al comienzo como una sirena, la dama se transforma en una mujer infiel, en una madre castradora, en una neurótica compulsiva y en una amante fetichista. En ninguno de los casos la figura femenina sale favorecida y parece ser siempre la culpable de la desdicha de los tres «machos» que persiguen la felicidad, buscándola en el amor, aunque la idea que cada uno de ellos tiene sobre éste resulte confusa.
Con el correr del tiempo, cada uno de ellos entabla con esa especie de sirena una relación acorde con sus diferentes caracteres. Pero el nudo dramático recién empieza a desovillarse al final. Momento en el cual Pablo Novak presenta el verdadero problema.
El comienzo es confuso y el exceso de palabrotas y gestos groseros que buscan la complacencia de un público cómplice, se prolonga innecesariamente y da la impresión de que ese interminable prólogo sirviera de excusa nada más que para lucir la belleza de María Rojí, transformada en sirena. La música y las canciones no ayudan, y tampoco los monólogos en los cuales cada uno de los personajes trata de definir su carácter. Da la impresión de que los actores, carentes del apoyo de un texto que justifique sus conductas, mediante la exposición de sus traumas infantiles, no se sintieran muy a gasto y por eso, al comienzo, las interpretaciones carecen de convicción.
Elenco
El elenco, compuesto por María Rojí, Alejo García Pintos, Carlos Kaspar y Pablo Novak, exhibe simpatía y entusiasmo, pero estas condiciones recién se afirman al final. La pieza es demasiado larga y deshilvanada y la falta de decorados, así como la resolución no muy feliz de los cambios, no ayuda a agilizarla. Tony Lestinghi ha dirigido el espectáculo de modo rutinario y el resultado final es un producto semejante a muchos productos televisivos. No hay tampoco un gran cuidado en las luces y el sillón que sirve como balsa, diván de psicoanalista o lecho pecaminoso, es conspicuamente feo y tan pesado que en vez de aportar alguna sugestión, más bien resulta un estorbo.
Como saldo positivo pueden rescatarse algunos momentos, como el de la disputa por el revólver y el enfrentamiento entre los tres amigos. Pero para sostener un espectáculo que dura casi dos horas no son suficientes.
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