10 de febrero 2005 - 00:00
Un clásico Eastwood logra sobre el ring su mejor película
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Clint Eastwood y Hilary Swank en «Million Dollar Baby»: un vínculo de amor filial que va más allá de la relación entre preparador y discípula.
«Million dollar baby», título proveniente de una famosa canción de los años '30 que popularizó Bing Crosby (hablaba de una gran dama a la que un hombre conoce en un negocio de baratijas) no es, sin embargo, la arquetípica película de boxeo. Su espíritu, su delicado intimismo e, inclusive, su pudor, están mucho más cerca de «Los puentes de Madison» que, por ejemplo, de «La caída de un ídolo», y no sólo por el hecho de que quien se enfunda los guantes sea una mujer y no algún famoso y malogrado toro salvaje.
Freeman no sólo ha perdido un ojo en un combate, sino que le falta alcanzar el fin que siempre se propuso, llegar a la pelea número 110. Comparte la propiedad del derruido gimnasio con Eastwood, de donde sabe que muy difícilmente, sobre todo por las características de su casi anciano socio (entregado ahora al aprendizaje del irlandés y a cuestionar cotidianamente al párroco zonal) pueda surgir alguna vez un campeón del mundo.
Narrada en off por el propio Freeman, un relato que concluirá de manera magistral cuando se conozca el destinatario de esa relación de los hechos que, como se sabe desde un primer momento, son pasado, « Million dollar baby» no responde tampoco a la elemental filosofía del voluntarismo norteamericano,al «tú lo puedes» que cimenta tantas fantasías. Es un film muy inteligente como para permitirse algo así.
Si bien sus personajes logran cumplir con muchos de los fines que se habían propuesto, y en algunos casos más allá de lo esperable, no sólo el desenlace fatalista desmiente aquella remanida fe (hay que advertirlo: el film es negro y triste, aunque no pesimista) sino que las ambiciones de los protagonistas están comprometidas con su propia paz interior antes que con los triunfos terrenales. La arraigada religiosidad de Eastwood, más manifiesta aquí que nunca antes en su admirable carrera como realizador, es el sostén de una de sus mejores películas, si no la mejor.




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