20 de octubre 2005 - 00:00
Un descuido legal dejó a artistas sin sus derechos
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Rogelio Polesello, uno de los artistas cuyas obras se publicaron en Gaglianone. Al lado, tapa
de la edición de «Laberintos», del desaparecido pintor Zdravko Ducmelic, que había costeado
su edición y que ahora su viuda se ve obligada a recomprar.
El caso es que cuando los bienes que estaban en custodia comenzaron a circular por el mercado, la reacción de los damnificados (de aquellos que se enteraron, que no son todos), no se hizo esperar, pero todavía siguen envueltos en una maraña judicial sin solución. Ocurre que los tratos y contratos de Gaglianone eran de palabra, mala costumbre habitual en este ambiente.
En el expediente de la quiebra, Gaglianone ya había confirmado esta circunstancia, al declarar: «Los libros que están en depósito y algunos distribuidos en librerías son propiedad de los artistas». En esa instancia aseguró que era un mero depositario, porque los autores, que habían pagado las ediciones, no tenían lugar físico para guardar estos bienes.
Consultado sobre la cesión legal de bienes «intangibles», el abogado Norberto Frigerio sostuvo: «La intangibilidad de los derechos intelectuales no debería ser tal frente a la justicia, y mucho menos cuando quienes los comercian ejercen derechos viciados de nulidad absoluta. Los derechos pertenecen al autor o sus herederos, hasta que se cumplen 70 años de su muerte, cuando ingresan al dominio público».
Otro dato lo aportó Gaglianone, al contar que él pagaba los derechos de autor al Fondo Nacional de las Artes, ente recaudador de lo que ingresa dominio público, ya sea de argentinos como extranjeros. El listado de la Cooperativa incluye a Van Gogh, Modigliani, Monet y hasta Charles Baudelaire, entre otros. ¿Recauda el Fondo estos derechos en la actualidad? María Elena Obensa, a cargo del departamento de dominio público, corrobora los pagos de Gaglianone y añade que no tiene ninguna constancia de pago de la Cooperativa, pues, si estuvieran imprimiendo, el Fondo debe intimarlos para que paguen.
Un caso testigo es el de Marta Ducmelic, viuda del pintor Zdravko Ducmelic, autor del libro «Laberintos» inspirado en tres cuentos de Jorge Luis Borges. Ducmelic pagó a Gaglianone la primera edición con tres obras y 5.000 dólares, y Borges cedió sus derechos. Se hicieron dos ediciones, pero el remanente quedó en la imprenta y en la actualidad, según denuncia Marta Ducmelic, «se están vendiendo, a pesar de haberse registrado los derechos de autor desde 1977, y no constar en el Ministerio de Justicia que existan derechos contractuales sobre esta obra. En inventarios sucesivos figuran 128 libros, pero el problema mayor es que poseen los fotocromos (elemento que posibilita futuras ediciones), aunque ellos lo niegan».
Luego de una pintoresca excusión a la Cooperativa de Chilavert, Ducmelic, relata: «Hay láminas y serigrafías de edición controlada por el autor que son de factura reciente, y las ofrecen a la venta por Internet, dato que se puede corroborar en el sitio http://omararte.tripod. com.ar/gaglia-01.htm. Hay estantes llenos de fotocromos, las serigrafías de Ducmelic tienen el color alterado y algunas están impresas sobre tela, cuestión que mi marido evitaba pues se presta a la falsificación».
En Internet figuran obras de los argentinos Gyula Kósice, Josefina Robirosa, Rogelio Polesello, Emilio Pettoruti, Pablo Suárez, Jorge Romero Brest, entre otros, que según la viuda del artista «no están en los inventarios, que sólo registran las reproducciones antiguas». Y agrega: «Al sancionar la expropiación, la Legislatura no tuvo en cuenta un expediente que ya alcanza 13 cuerpos, y donó lo que no le pertenece. Fueron desconocidos y violados los derechos de propiedad intelectual de 74 escritores y artistas y los derechos de aquellos que tenían bienes en depósito». La viuda compra hoy los «Laberintos» de su esposo en las librerías.
Los nuevos dueños de la Cooperativa acaban de ofrecer al Museo de Bellas Artes su valiosa «mercadería», con «intangibles» incluidos. Ellos bien pueden considerarse dueños del paquete completo, con «intangibles» y todo, si así se los donó la legislatura porteña.


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