15 de enero 2002 - 00:00

Un genio de la armónica cautivó a Punta del Este

Toots Thielemans
Toots Thielemans
(15/01/02) Punta del Este - A punto de cumplir 80 años (el 29 de abril), el músico holandés Jean Baptiste «Toots» Thielemans debutó en el Cono Sur en el 7° Festival Internacional de Jazz de Lapataia, y su presencia ha estado entre lo más importante del encuentro musical de Punta del Este que, pese a la dureza de los tiempos, sigue manteniendo su altísimo nivel.

«Cuando tenía 18 años compré mi primera armónica»
, comienza relatando Toots una historia que tiene muchos capítulos. «Pero ya desde chico tocaba el acordeón en cafés de Bruselas. Por esa época no hacía jazz sino otras músicas populares. En 1938 conocí a Larry Adler, el virtuoso de la armónica, a través de una película. Y en 1942 escuché por primera vez a Louis Armstrong y a The Mills Brothers; ése fue mi primer acercamiento al jazz. Por esa época, en Bélgica, la armónica era mirada como un juguete y la música ni siquiera era considerada una profesión. Yo, además, estudiaba matemáticas».

Pronto Thielemans inició una carrera brillante: tocó con Miles Davis, Quincy Jones, Benny Goodman, George Shearing, Howard McGhee, Lennie Tristano, Charlie Parker, Milt Jackson y una larga lista de nombres ilustres del jazz. En la actualidad, recorre permanentemente el mundo a razón de 250 conciertos al año. Y su agenda puede incluir desde la serie de conciertos que dará en febrero, en Rusia, o una participación en el último disco de Fito Páez.

Periodista: ¿Cómo es que terminó tocando también la guitarra?


Toots Thielemans:
Tuve una enfermedad muy grave, una pulmonía, que me tuvo mucho tiempo en la cama. En ese tiempo alguien me trajo una guitarra y empecé a tocar de manera autodidacta. Había descubierto a Django Reinhardt y me deslumbró. Durante la ocupación alemana en Bélgica, nuestro contacto con la cultura musical norteamericana se había interrumpido. Por eso, cuando terminó la guerra pude conocer el bebop, a Charlie Parker, a Dizzy Gillespie. Esa fue como una segunda transfusión de jazz en mi vida. También en mi país creció mucho la cantidad de gente a la que le interesaba y tocaba el jazz, en una proporción que aún se mantiene.

P.: ¿Cómo llegó a conectarse con el ambiente norteamericano?


T.T:
Como le dije, después de la guerra hubo un aluvión de cultura norteamericana y, con ella, llegó a Bélgica todo el jazz moderno de la época. Un tío me invitó a hacer un viaje a los Estados Unidos, y allí fui con mi guitarra y mi armónica. En Miami pude escuchar en vivo a Nat King Cole. Me relacioné con sus músicos y me escucharon tocar la armónica que tampoco era un instrumento cotidiano en el jazz en Norteamérica, pero parece que les gustó mi manera de tocar. Coincidió que en ese restaurante donde escuché a Cole y pude tocar estaba un importante fotógrafo de músicos. El me sugirió viajar a Nueva York. Allí fuimos con mi tío y mis instrumentos.

•ueva York

P.:¿Cómo fueron sus primeros pasos allí?

T.T.:
Recorrimos bares de jazz en la calle 52 y el fotógrafo, que era muy respetado en el ambiente, me presentó a un grupo de músicos muy importantes. Así tuve la oportunidad de mostrar lo que yo sabía hacer. Eso me abrió rápidamente todas las puertas. Se me acercó un empresario muy importante de esa época, Billy Shaw, y me sugirió grabar un disco. Todo sucedió en muy pocos días. Fue increíble. Ese primer disco lo grabé en Bélgica, en un garage, con una grupo de cuerdas. No me podía quedar todavía en los Estados Unidos por un problema de visado. Pero la puerta ya estaba abierta. En el '49 conocí a Benny Goodman en Londres; él había escuchado mi grabación de «Stardust»; le había gustado mucho y me hizo tocar ese tema con él. En 1951 conseguí finalmente mi visa. Y después llegó la relación con todos los demás. Y tengo recuerdos maravillosos, como cuando hacíamos número vivo en un cine con Charlie Parker y él aprovechaba para dormir mientras se proyectaba la película.

P.: ¿Modificó mucho su estilo desde entonces?


T.T.:
Es lo mismo que ocurre con la pintura. Usted puede pintar una mujer cuando tiene 30 años y volver a pintarla mucho después; la mujer es la misma, pero la pintura será diferente.

P.: ¿Cómo describiría esa diferencia en su manera de tocar?


T.T.:
La música es un lenguaje, con gramática, con estructura. Entonces, a medida que pasa el tiempo uno va incorporando los lenguajes de todas las personas que va conociendo, con las que va tocando. Cuando empecé, no estaban en mí Miles Davis ni Jaco Pastorious; ahora sí lo están. En eso está la diferencia. Lo que aprendí es que el máximo punto de expresión está entre la risa y el llanto, entre la nostalgia y la alegría. Ese mi credo.

P.: ¿Lo que escuchamos aquí, en Lapatia, es algo que tenían preparado con Kenny Werner?


T.T.:
No. Es algo que vamos resolviendo en el momento; por eso hacemos programas diferentes en cada actuación. Kenny es un músico grandioso con el que resulta muy sencillo y muy agradable dialogar musicalmente.

P.: Nuestro mayor armoniquista ha sido Hugo Díaz. ¿Conoció su obra?


T.T.:
No sólo lo conocí sino que he sido siempre un gran admirador suyo. Tenía una manera única de tocar, indudablemente personal.

P.: ¿Siempre disfruta cuando toca?


T.T.:
Sí. No concibo otra manera de hacerlo. Si usted escucha a Hugo Díaz, por quien me preguntaba, notará que él gozaba muchísimo; por eso podía transmitir de esa manera. El jazz es básicamente improvisación. Si usted se repite todo pierde sentido, inclusive para el que está tocando. Porque se aburre y aburre a los demás.

P.: ¿Qué impresión se lleva del de Lapataia?


T.T.:
Hay muchos buenos músicos que me ha resultado muy agradable escuchar. Tengo una relación muy buena con Paquito D'Rivera y me he sentido halagado por su invitación. También debo decir que la organización es impecable y que toda la gente del tambo ha sido sumamente amable conmigo.

Dejá tu comentario

Te puede interesar