De todos los Hamlet posibles, Nekrosius optó por un príncipe de rasgos adolescentes (una muy fresca composición del rock star lituano Andrius Mamontovas), aterrorizado por el espectro del padre y dispuesto a sacrificar su vida por él. En la versión de Nekrosius, el príncipe Hamlet es «ungido» por su progenitor con un trozo de hielo para que vengue su muerte, y ese acto se mantendrá presente a lo largo de toda la puesta, incluso en el desgarrador final, cuando ese padre fantasmal aúlla desesperado sobre el cadáver de su hijo. Nekrosius es un puestista muy imaginativo, un prestidigitador de imágenes que juega con los objetos, las ceremonias y los rituales sometiéndolos a una permanente metamorfosis. Su Hamlet de tres horas cuarenta de duración (la versión original insume cerca de seis) hace uso del texto de Shakespeare con una gran libertad expresiva, que le ha valido no pocas polémicas, incluso en Buenos Aires, donde el público quedó claramente dividido en adeptos y detractores.
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El director lituano acostumbra a transmutar los textos shakespereanos (también dirigió «Macbeth» y «Otello») en pura acción física y en imágenes de una enorme sugestión. Su Hamlet pone en actividad una interesante simbología que apunta al intelecto tanto como a la emoción. Nekrosius trasladó a la escena un sueño caótico y fascinante, en donde el hielo, el agua y el fuego hacen del siniestro castillo de Elsinor un infierno helado por el que circulan todo tipo de símbolos poéticos, religiosos y sexuales. Lo que sin duda exige al público un mayor grado de concentración y un conocimiento previo del texto original.
Para algunos, la puesta de Nekrosius brinda apenas una desordenada lectura de «Hamlet» en un marco de exquisitos recursos escénicos. Sin embargo, el director lituano no traicionó en ningún momento la esencia de la obra ni la de sus personajes. Al contrario, reinterpretó sus conflictos, multiplicó sus implicancias e hizo que el drama se impusiera con toda su desgarradora humanidad.
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