A una semana de la puesta en práctica de la cuota de pantalla no se acalla la polémica alrededor de la medida decretada por el INCAA. La CAEM (que nuclea a exhibidores de shopping) reiteró el lunes sus discrepancias a las autoridades del Instituto y adelantó que lo seguirá haciendo. En la otra vereda se ubica el abogado Julio Raffo, secretario de la Cámara de la Industria Cinematográfica. Veamos su opinión.
De ello surge que los gobiernos de todos los perfiles y de todos los orígenes, que van desde Las normas legales, y las normas reglamentarias dictadas por el Instituto no obligan a nadie a ir a ver cine argentino, sólo tienen por objetivo el tutelar la libertad del consumidor -espectador de poder ver una película nacional, si tiene ganas de hacerlo. La ley obliga al exhibidor a incluir, entre su oferta global de películas, una pequeña cuota de películas nacionales, y la reglamentación dictada tiene por objetivo el garantizar que la misma se cumpla en igualdad de horarios y días que las demás. No se trata de un privilegio para nuestras películas, sino de evitar el perjuicio de la discriminación decurrente del inmenso poder de las grandes producciones internacionales que tienden a ocupar las salas de cine con todos sus productos impidiendo así la salida regular de las películas nacionales.
Medidas de esta naturaleza, algunas inclusive más severas, pueden ser encontradas en Francia, España, Brasil y la casi totalidad de los países que tienen cine y no disponen de un enorme mercado nacional cautivo por su gusto, como lo son los EE.UU., la India y China. De todos modos la protección de los productos nacionales, para que puedan presentarse a la libertad del consumidor como una posibilidad real en sus opciones, la encontramos en los EE.UU. respecto de los productos agropecuarios, y lo mismo fue recientemente intentado con el acero: en la Unión Europea impone la conocida «Cuota Hilton» entre otras medidas de igual naturaleza, por lo cual a nadie debería escandalizar o sorprender que nuestro gobierno, quizá inspirado en esos ejemplos, se haya decidido a garantizar que nuestros productos cinematográficos puedan llegar, sin distorsión, a la libre elección del espectador.
La «media de continuidad» tiende a que esa oferta de nuestras películas no se interrumpa mientras la misma tenga una corriente de público análoga al promedio de público que hace rentables a las salas de cine. Se trata de evitar así una inveterada práctica, que me consta que sucedió con la película
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