«Pendejos» de Reynaldo Sietecase. Alfaguara. Bs. As, 2007. 155 págs.
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Chicos que matan a mansalva, que buscan sobrevivir al maltrato familiar y a la falta de recursos y terminan convertidas en bestias feroces, y de las que finalmente nadie se ocupa porque son una carga molesta o porque ya se las considera un caso perdido.
Hasta no hace mucho tiempo el tema de la delincuencia juvenil era casi excluyente de la literatura brasileña (con títulos famosos como «Capitanes de la arena» de Jorge Amado; «Infancia Dos Martos», que dio origen al film «Pixote» y «Ciudad de Dios» de Paulo Lins), y de la colombiana, con «La Virgen de los sicarios» de Fernando Vallejo como máximo exponente. Buenos Aires no excluye ahora el mismo menú.
El periodista, poeta y escritor rosarino Reynaldo Sietecase (autor de la novela «Un crimen argentino») escribió diez historias de crímenes violentos protagonizadas por chicos menores de dieciocho años. Todas ellas basadas en hechos reales que fueron extraídos de la crónica policial y que relevados en conjunto constituyen un síntoma de la crisis social.
Sin embargo, el principal objetivo de este libro es de orden literario y consiste en arrastrar al lector a una travesía por ambientes marginales, hechos de sangre y situaciones de violencia, de esas que alimentan el morbo e impulsan a devorar páginas en busca de más acción.
Sietecase no realizó entrevistas ni investigó en archivos; trabajó con el mínimo de información para recrear la mente criminal juvenil cuidando que sus diálogos resulten verosímiles. En general, lo logra.
Los retratos de Silvita («Bella luz de la noche») y el Perro («Esta boca es mía») son los mejores, con esa mezcla de violencia y fragilidad. También el relato sobre la mafia cumbiera («Los ángeles bailan cumbia») y otro sobre prostitución juvenil («El precio del amor»). En cambio el autor no parece muy diestro cuando tiene que ocuparse de la clase media. En esos casos los diálogos tienen menos color y algunas situaciones resultan muy artificiosas.
El libro critica el papel de la policía, la desidia de los adultos y la ineficacia de la justicia que, entre otras cosas, condena a prisión perpetua a menores de dieciocho años, violando la Convención de los Derechos del Niño. También hace hincapié en el problema de la droga y en la circulación de armas en manos de menores, para concluir, con cierta obviedad, en que la violencia no es algo exclusivo de los sectores más marginales, también florece entre la clase media y tiene libre acceso a los barrios cerrados.
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