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A Sergio Pitol le gusta pensar que su amor por la cultura eslava se remonta a su más tierna infancia, cuando soñaba con ser Iván, el niño ruso de sus primeras lecturas infantiles. Autor, hasta la fecha, de 7 libros de cuentos y 5 novelas que lo hicieron merecedor de galardones tan prestigiosos como el Premio Juan Rulfo, este gran escritor mexicano ha demostrado con creces ser un buen conocedor de la literatura rusa. Su amor por ella vuelve a asomar en cada página de este ameno diario de viaje, basado en notas que tomó en el año '86 durante una estadía de dos semanas en la vieja Unión Soviética.
Inicia su relato evocando sus años en la mágica y misteriosa Praga, donde trabajó como diplomático, pero enseguida pone rumbo a Rusia animado por la presencia tutelar de su imponente parnaso literario encabezado, entre otros, por Gógol, Chéjov, Pushkin, Pásternak y la poeta Marina Tsvietáieva. La lista de escritores es inmensa y Pitol aprovecha también para homenajear a los intelectuales perseguidos por el régimen soviético, entre ellos el director y teórico teatral Vsiévolod Méyerhold.
Sus reflexiones sobre literatura se entremezclan con sueños, recuerdos de infancia y las curiosas experiencias vividas por Pitol durante el «deshielo» comunista. Narra su visita a Georgia, la más democrática de las provincias rusas y queda deslumbrado por ese pueblo desinhibido, vital e inclinado al arte como ninguno. Pero antes de llegar allí debe sortear la siniestra burocracia comunisita que se obstina en impedir su viaje a Georgia ofreciéndole a cambio otros circuitos posibles. El abrumado visitante debe soportar, entre otras cosas, el maltrato de una robusta matriushka (encargada de la vigilancia y control de los huéspedes) que lo acusa de llevar revistas pornográficas. La escena es tragicómica y la cuenta como si se tratara de una desopilante comedia italiana. Su gozosa estadía en Georgia da pie a un par de escenas dantescas, como la visita a un mingitorio colectivo donde para horror del escritor cada cual hace lo suyo en público y sin pudor alguno. Las anécdotas hacen de «El viaje» una atractiva novela non fiction destinada a amantes de la literatura rusa y del «alma eslava» pero que además brinda un fresco testimonio -siempre en clave literaria-de los primeros años de la perestroiska, esa especie de primavera democrática que el pueblo ruso celebró como el fin del oscurantismo.
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