26 de septiembre 2001 - 00:00
Vasto recorrido por la obra de Aizemberg
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La muestra de Roberto Aizenberg.
Pirámides, estructuras abigarradas de torres altísimas o interminables columnas matizadas con ventanales, ilustran no a una arquitectura real sino a una arquitectura posible. Es en el campo de las posibilidades donde se despliega este juego de volúmenes y superficies, es decir en el campo de lo imaginario. Sus personajes atmosféricos o sus figuras indolentes marcan una estrecha relación entre su motor interno, su pulsión y sus efectos; porque Aizenberg muestra su propia liberación en cada trazo, en cada pincelada.
Pero sus mundos no se limitan a las vestimentas o los edificios; sus aparatos y máquinas fantásticas también dan testimonio de este acercamiento onírico a la verdad. Su geometrismo nos acerca también a la dimensión del rigor obsesivo y del orden sin meta aparente. Un orden con designios metafísicos. Las formas se van transformando.
Esta transformación, su conversión en lo contrario, el continente por el contenido, es el elemento distintivo de la problemática de Aizenberg, muy marcada por la pérdida de sus tres hijos y su propio exilio en los años '70. En Aizenberg poco importa que se trate de torres, edificios, vestiduras, cuerpos fragmentados o máquinas. Lo que interesa en realidad son las secuencias de formas, el metabolismo de la pintura en pos de signos precisos. Las vías formales que rigen la aparición, desde las profundidades abismales del subconsciente, de las fantasías hechas elementos visuales.
Un sinfín de transformaciones propone la producción de este maestro de las acrobacias y maniobras del estilo. Probablemente transformaciones de un todo único, complejo, indivisible. Este todo, su propio inconsciente, que se expresa en partes y por etapas.



