Las directoras pueden haber cometido errores, pero las críticas no ocultan que lo cuestionable son estas exposiciones sobredimensionadas, que para recorrerlas demandan cuatro días de intensa dedicación y, aún así, se torna imposible abarcar las innumerables muestras paralelas que se multiplican por toda la ciudad. Es decir, el arte contemporáneo demanda concentración y una mirada prolongada, atenta a pequeños detalles, y resulta en extremo improbable que al salir de los Giardini y el Arsenale, donde las presentaciones nacionales son cada vez más abundantes, los críticos visiten las exhibiciones dispersas en el laberinto que es Venecia.
Sin embargo, este año hay dos exposiciones alejadas del circuito que alcanzaron un amplio poder de convocatoria, la de la suiza
En esta instancia, y más que la difusión de las muestras, el medio de comunicación por excelencia son los comentarios que circulan en el ambiente. Así, el «no dejes de verlo» o, el «no pierdas tu tiempo», terminan determinando el éxito o el fracaso de los artistas. Junto al argentino
El dato no es novedad, la fe religiosa se extingue. Pero, justamente, este es el tema de la compleja obra que presenta Argentina. «La ascensión» opera en dos categorías, lo sagrado y lo profano. A la imagen celestial del fresco «La asunción», pintado en el techo del Oratorio en el siglo XVIII para relatar el milagroso ascenso de la Virgen María a los cielos, se contrapone -a menos de un metro del piso- una terrenal cama elástica color azul, un objeto extraño, algo así como el tenso parche de un inmenso tambor.
Al reproducir las curvas y contracurvas del fresco, la abstracta superficie azul establece un contrapunto con las figuras barrocas del fresco (y dista mucho de parecerse a una Pelopincho, como dijo bromeando el artista). Aunque su carácter terrenal se ve exaltado por los resortes que
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