«Vereda tropical» (íd., Arg.Brasil, 2004, habl. en port. y esp.). Dir.: J. Torre. Int.: F. Aste, S. Buarque, G. Rua, M. Ardú.
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Calificada para mayores de 13 con reservas, esta película puede incomodar al público heterosexual, tanto por sus escenas entre homosexuales como por la parte en que el personaje protagónico asedia a un muchacho hasta ponerse realmente pesado. Pero es justamente ahí donde mejor se percibe la doble ajenidad y la triste soledad del personaje, su angustiada aceptación del otro como definitiva y lejanamente otro, sus míseros refugios de fantasía, la presunción, los miedos.
El personaje es Manuel Puig en sus últimos años en un departamentito de Leblon, Rio de Janeiro, a pocas cuadras del mar, adonde va a nadar todos los días, ya consagrado internacionalmente, y bien lejos de los chusmeríos de su tierra natal, donde se sentía perseguido «por gustar de los géneros errados». Pero Brasil también lo asusta, «esa enfermedad» lo asusta, apenas tiene unas pocas amigas protectoras y unos amores impresentables, y encima ya lo tratan de viejo.
Tal es el escritor que pinta Javier Torre, un talento inseguro, una quejosa malcriada, un negador, una mala imitación de esas heroínas del viejo Hollywood que pasa continuamente en video, un solitario a pesar suyo, un tipo que a media tarde charla francamente con su chofer, que lo aconseja bien, y a la noche anda llorando por los bares, y recibiendo trompadas de los homofóbicos.
Buena la exposición de este aspecto, resuelta con un plano medio del infeliz aterrorizado en el suelo, y uno más amplio, de la gente que mira desde la otra vereda sin ir a ayudarlo. A señalar, la notable actuación de Fabio Aste, y las escenas donde aparece Mimí Ardú en el papel de mina feliz y trasnochada que sabe cómo es la vida y cómo manejar a los tipos. También, donde el personaje de Néstor Perlongher se define « militante de la intensidad, del barroco y del troskismo(...) en busca de taxi-boys». Y la otra donde Puig le dice a un póster del Che Guevara «La literatura no es lo que más me importa, y vos lo sabés. Lo que más me importa es conseguir marido».
Discutibles, en cambio, el poco espacio para el humor que tenía Puig, la supuesta grabación de charlas íntimas que luego usaría en sus novelas, los remates de varias escenas, que suenan a fórmula, o a falso, ciertas actuaciones masculinas, la inserción de música «consagratoria» cuando una fruncida intelectual (Silvia Buarque) empieza a recitar la biografía del escritor al que por esos lares llaman «Puigui», la absoluta falta de contextualizacion, justo cuando la cosa transcurre hacia 1989-90, el estiramiento general y, para nosotros, ciertos errores de subtitulado.
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